La Santa Madre de Dios

VIRGEN DE LA TERNURA   La Santa Madre de Dios

   “La Encarnación no fue solamente la obra      del Padre, de su Virtud y de su Espíritu, sino también la obra de la voluntad y de la fe de la Virgen. Sin el consentimiento de la Inmaculada, sin la ayuda de la fe, ese designio era tan irrealizable como sin la intervención de las Tres Personas divinas mismas… Es sólo después de haberla instruido y persuadido que Dios la toma por Madre y recibe de ella la carne que ella desea darle. Así como el se encarnaba voluntariamente, así también quería que su Madre lo diera a luz libremente y con plena aceptación” (Nicolas Cabasillas)

 A partir de San Justino y de San Ireneo, lo Padres opusieron a menudo Eva a María. Por la desobediencia de la primera, la muerte entró en la humanidad; por la obediencia de la “segunda Eva”, el Autor de la vida se hizo hombre y entró en la descendencia .de Adán. Pero entre los dos está toda la historia del Antiguo Testamento, el pasado del que no podemos separar a Aquella que se convirtió en Madre de Dios. Si ella fue elegida para realizar esa función única en la obra de la Encarnación, esta elección continúa terminándolas, todas las elecciones que la prepararon. No es en vano que la Iglesia Ortodoxa, en sus textos litúrgicos, llama a David “el antepasado de Dios” y habla en los mismos términos de Joaquín y Ana, “santos y justos antepasados de Dios”.

 El dogma católico-romano sobre la Inmaculada Concepción parece quebrar esta sucesión ininterrumpida de la santidad del Antiguo Testamento, santidad que encuentra su cumplimiento en el momento de la Anunciación, cuando el Espíritu Santo desciende sobre la Virgen y la hace capaz de recibir en su seno al Verbo del Padre.

 La Iglesia Ortodoxa no admite esta exclusión de la Santa Virgen del resto de la humanidad caída, ese privilegio que hace de ella un ser redimido antes de la obra redentora, con vistas al mérito futuro de su Hijo. No es en virtud de un privilegio recibido en el momento de su concepción por sus padres que veneramos a la Madre de Dios, considerándola por encima de toda criatura.

Ella era santa y pura de todo pecado desde el seno de su madre, y sin embargo, esta santidad no la colocaba fuera del resto de la humanidad anterior al Cristo. Ella no estaba, en el momento de la Anunciación, en un estado análogo al de Eva antes del pecado.

 La primera Eva, que fue madre de los vivientes, presto oídos a las palabras del seductor encontrándose en el estado paradisíaco, el de la humanidad inocente. La segunda Eva, elegida para convertirse en Madre de Dios, escuchó la palabra angélica en el estado de humanidad caída. Por eso esta elección única no la separó del resto de la humanidad, de todos sus antepasados y sus hermanos humanos, santos o pecadores, que ella representó en lo que tenían mejor.

 Como los otros hombres, como san Juan Bautista. Cuya concepción y natividad la Iglesia festeja también, la Santa Virgen nació bajo la ley del pecado original, cargando como todos con la misma responsabilidad común de la caída. Pero el pecado nunca pudo actualizarse en su persona; la herencia pecaminosa de la caída no podía tocar su recta voluntad. Ella representa la cima de la santidad que jamás pudo alcanzarse antes del Cristo. (…)

 La primera Eva fue tomada de Adán: es una persona que, en el momento de su creación por Dios, toma la naturaleza de Adán para servirle de complemento. Encontramos una relación inversa en el caso de la Nueva Eva: es por ella que el Hijo de Dios se convierte en “el último Adán”, tomando de ella la naturaleza humana. Adán fue antes que Eva, el Último Adán después de la Nueva Eva. (…)

 La que dio a luz a Dios según la carne guardaba en su corazón todas las palabras que revelaban la divinidad de su Hijo. Es un testimonio sobre la vida espiritual de la Madre de Dios. San Lucas nos la muestra no solamente como un instrumento que sirvió voluntariamente a la Encarnación, sino también como una persona que tiende a completar en su conciencia el hecho de maternidad divina. Después de haber prestado su naturaleza humana al Hijo de Dios, ella trata de recibir de Él lo que todavía no posee en común con Él –la participación en la divinidad. La divinidad habita corporalmente en su Hijo (Col. 2,9).

 El lazo natural que la une al Dios-Hombre todavía no confirió a la persona de la Madre de Dios el estado de criatura deificada, a pesar del descenso del Espíritu Santo el día de la Anunciación; descenso que la hizo capaz de realizar su función única. En ese sentido, la Madre de Dios, antes que la Iglesia, antes de Pentecostés, permanece unida aun a la humanidad del Antiguo Testamento, a los que esperan “la promesa del Padre”, “el bautismo del Espíritu Santo” (Hechos 1,4-5).

 La Tradición nos muestra a la Madre de Dios en medio de los discípulos el día de Pentecostés, recibiendo con ellos el Espíritu Santo comunicado a cada uno en una lengua de fuego. Esto concuerda con el testimonio de los Hechos; los Apóstoles después de la Ascensión, “permanecían unánimes en la plegaria con algunas mujeres y María, Madre de Jesús, y sus hermanos” (1,14). “Estaban todos unánimemente juntos el día de Pentecostés” (2,1).

Con la Iglesia, la Madre de Dios recibió la última condición que le faltaba para poder crecer “como hombre perfecto, en la medida de la plena estatura del Cristo”. (Ef.4,13) Aquella que, por el espíritu Santo, recibió en sus entrañas la Persona Divina del Hijo, recibe ahora el Espíritu Santo enviado por el Hijo.

 San Gregorio Palamas llama a la Madre de Dios “el límite de lo creado y lo increado”. Junto a una hipóstasis divina encarnada, hay una hipóstasis humana deificada… Si la Santísima consumó la santidad de la Iglesia, toda la santidad posible para un ser creado, se trata ahora de otra transición; del mundo del devenir hacia la eternidad del Octavo Día, de la Iglesia hacia el Reino de los Cielos.

Esta gloria última de la Madre de Dios, el fin realizado en una persona creada antes del fin del mundo, debe situarla desde ahora más allá de la muerte, de la resurrección y del juicio último. Ella comparte la gloria de su Hijo, reina con Él, preside con Él los destinos de la Iglesia y del mundo que se desarrollan en el tiempo, intercede por todos ante Aquél que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.

 La transición suprema, por la cual la Madre de Dios se une a la gloria celestial de su Hijo, es celebrada por la Iglesia el día de la Asunción: una muerte que, según la convicción íntima de la Iglesia, no podía dejar de ser seguida por la resurrección y la ascensión corporal de la Santísima. (…)

 Si la enseñanza sobre la Madre de Dios pertenece a la tradición, es sólo a través de la experiencia de nuestra vida en la Iglesia que podremos comprender la devoción sin límites que la Iglesia le ha ofrecido. Y el grado de esta comprensión será la medida de nuestra pertenencia al Cuerpo del Cristo.

 Extraído de Imagen y Semejanza de Dios –

Vladimir Lossky

Revista Fuente año 1993

 

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