El Icono como evocación de la trascendencia

 

SANTA FAZEn su libro “Teología del Icono”, Ouspensky, afirma que el Icono al dar testimonio de la Encarnación del Verbo, opone la auténtica antropología cristiana a la falsa antropología de la cultura contemporánea descristianizada. La lucha por la imagen de Dios no ha cesado y en nuestros días gana mucho en vehemencia, porque el iconoclasmo no se manifiesta solamente en la destrucción deliberada de iconos y en su rechazo por parte de herejías de tipo protestantizante: se manifiesta también en diversas ideologías, económicas, sociales, filosóficas y otras, en la tendencia a destruir la imagen de Dios en el hombre.

Pero el Icono también aporta un nuevo mensaje sobre Dios, el hombre y el mundo.

La resurrección de la imagen sagrada es apremiante en el Occidente Cristiano pues este se encuentra debilitado por una imaginería almibarada.

En una época tan fuertemente visual como la nuestra se hace impostergable que nunca la aparición de un auténtico ARTE SAGRADO y consiguientemente la aparición de auténticos artistas sagrados que superen la mediocridad reinante,

El mundo de hoy necesita como nunca la imagen que viene de lo alto, no la que brota de los bajos fondos de nuestro subconsciente, de nuestros instintos reprimidos o despiertos, sino la que, viniendo de arriba, es capaz de elevarnos, suscitando en nosotros la nostalgia de Dios. Simeón de Tesalónica dice que los iconografos ejercen en la Iglesia una docencia implícita, ya que al pintar al Verbo que se Encarnó por nosotros, sus milagros y misterios, así como la figura de la Virgen y de los Santos, enseñan pintando.

Afirman los Padres de la Iglesia y los Concilios Ecuménicos que: la pintura de iconos es para los ojos como la predicación para los oídos. No porque el icono repita el contenido del discurso, sino porque ambos son inseparables por su relación con el misterio que develan, logrando una única e idéntica realidad espiritual. Dicho de otra manera la teología en palabra y la teología en imagen forman ontológicamente un todo. Por eso, en oriente, la iconografía acabo por ser teología visual, una parte orgánica de la Tradición, un auténtico “Lugar Teológico”.

Este arte, para convertirse en receptáculo de la BELLEZA DIVINA, debe abrirse concretamente, por la fe, la santidad del hombre a la Luz Divina o sea a la Luz Increada.

San Juan Damasceno dice que pintar iconos es proclamar la Verdad del Misterio del Cristo.

El icono da testimonio del Cristo que dijo de sí mismo: “Yo Soy la Verdad” Su afirmación responde no a la pregunta de qué cosa es la Verdad, sino quién es la Verdad. La Verdad es una Persona y tiene su imagen. Por eso la Iglesia no solo habla de la Verdad. Sino que la muestra: la muestra en el icono del Cristo.

Los iconos no son solamente una prueba de la Verdad de la Encarnación, un testimonio de la historicidad del Cristo, sino que también atestiguan la realidad del Sacramento Eucarístico, porque la Eucaristía es la prolongación de la Encarnación, ya que en ella Dios Se sigue haciendo carne y habitando entre nosotros.

Si el fin de la Encarnación es que el Verbo se haga hombre para que el hombre se haga Dios por la Gracia, otro no es el fin de la Eucaristía, y en cierto modo también el del icono.

San Cirilo de Jerusalén dice: “Es necesario que se pinten iconos a partir de los arquetipos”.

Al icono no hay que considerarlo como una representación real o alegórica del Cristo, o de los santos, sino como el encuentro de dos mundos en el espíritu simbólico de la Encarnación de Dios. El símbolo es un signo visible de una realidad superior que por su intermedio se hace inteligible.

Ouspensky afirma que si al representar el aspecto humano del Verbo Encarnado el icono se limitase a mostrarnos tan sólo su figura histórica, a la manera de una fotografía, ello querría decir que la Iglesia ve al Cristo con los mismos ojos con que en su momento lo miró la multitud incrédula que lo rodeaba. La contemplación de la Iglesia se distingue de la visión profana justamente por el hecho de que en lo visible contempla lo invisible.

Por eso en Arte Sagrado no cabe el retrato naturalista, que en modo alguno puede reemplazar la imagen litúrgica.cristo

El icono desmaterializa el cuerpo del hombre, no teniendo en cuenta sus proporciones anatómicas; su rostro adopta formas geométricas que lo asemejan a un templo; el tabique nasal sostiene las cejas como la columna a los Arcos; el cráneo se redondea en una vasta cúpula; las orejas son pequeñas y la boca minúscula; los ojos son grandes, abiertos y dilatados, significando que el Santo ya glorificado no habla, ni oye nada sino que está sumido en la contemplación.

Podría decirse que los cuerpos conservan lo que es necesario para señalar su punto de partida en este mundo y enseguida lanzarse hacia lo alto. Como dice la Epístola a los Corintios: “El hombre terrenal se convierte en el hombre celestial”.

Por análogos motivos, no se ocupa del movimiento ni de la perspectiva, no tiene en cuenta los volúmenes y los planos. Sus figuras carecen de espesor, sus paisajes son esquemáticos, con árboles estilizados y rocas talladas en forma de escalera.

El icono excluye el volumen y sugiere una presencia que está en la otra dimensión, la de la trascendencia del Misterio, presencia que no está localizada, ni enmarcada sino que se irradia hacia afuera.

Las líneas no se encuentran en un punto de fuga ubicado detrás de la pintura sino en un punto adelante, involucrando en la escena al fiel que lo contempla, hacia quien el Icono emite sus líneas de fuerza, forzando la atención de la persona que lo observa hacia las figuras sagradas.

A través de lo Visible, lo Invisible viene hacia nosotros y nos recibe en su Presencia.

Lo bello está presente en la armonía de todos los elementos y nos coloca ante una evidencia indemostrable que sólo se puede demostrar contemplándola. Para San Gregorio de Nysa la riqueza de la imagen refleja la perfección divina, convergencia de todos los bienes y subraya la potencia propiamente divina de determinarse libremente por sí mismo.

El artista sagrado se debe borrar y dejar que hable la Tradición. La imagen debe someterse a las reglas trascendentales de la Iglesia o sea a la visión de la Iglesia.

Existen reglas iconográficas fijas, no se debe fantasear y es preciso ser fiel a la Tradición. La Iconografía no es un libre juego de la imaginación, sino una lectura de los arquetipos y una contemplación de los prototipos.

Diácono Jorge Arizio

Extraído de la Revista Fuentes Nº 28 –año 1991

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