El Icono en la Iglesia Ortodoxa

Los Iconos en la Iglesia Ortodoxa

María Cecilia Mascarenhas de Boschkowitsch

1. El icono.

El Icono contiene en si mismo historia, tradición, simbolismo, teología y arte. Para estudiar estos aspectos es necesario introducirnos en la vida de la Iglesia porque la historia del Icono está relacionada con la historia de la Iglesia y con la historia del arte, dos aspectos diferentes pero unidos en una realización en común.

El Icono es un símbolo porque el símbolo es en sí mismo la presencia de lo que simboliza y es la presencia del representado.

El Icono es “Teología en Color.” La Iglesia define teológicamente al Icono en función del “Dogma Trinitario” y sobre todo permite entenderlo en función de la “Encarnación.”

No vean al Icono lindo, no lo piensen feo, no lo critiquen como arte natural; en su desnaturalizada belleza trascendente está  Dios; que escucha, aunque no le hablemos; acompaña aunque no lo busquemos; entiende aunque no lo entendamos y protege aunque no lo veamos.

Contemplemos a los Iconos, observando lo que los Iconos simbolizan. Compartamos la alegría de expandir los Iconos que son la imagen inmediata de una luz proyectada; que son un tejido cuyos hilos se juntan, se entrecruzan, se ocultan y se sostienen mutuamente, entre Aquel que los inspira, los representados y los que los contemplan.

2. Introducción a la teología del icono.

Es casi imposible comprender al icono fuera del medio en que ha sido creado, o sea del ámbito de la Iglesia. El punto de partida para comprenderlo se encuentra en la base de la Iglesia, o sea en la “Santísima Trinidad.” Ésta es el fundamento para la vida de la Iglesia, para su orden canónico, para el carácter de su pensamiento teológico, para su espiritualidad y para su creación artística.

“El Hijo y el Espíritu Santo, enviados del Padre, revelaron la Santísima Trinidad; no de una manera abstracta, como conocimiento intelectual, sino como una regla de vida” (L. Uspensky).

Ap. Juan en su primera epístola dice: “Tres son lo que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo… y tres son lo que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre…” (1 Jn. 5:7-8).

Teológicamente el punto de partida para confesar la Santísima Trinidad es “la Persona” (Hipóstasis) misterio esencial de la revelación cristiana; poseedora de la naturaleza Divina en su plenitud.

La persona tiene importancia clave tanto para “la teología del icono” como para el icono mismo. Porque en “la Persona” concreta del “Uno” encarnado, se basa la veneración de los iconos. “La Persona de Dios” hecho hombre es el único camino que conduce al prototipo del icono.

Los padres de “Séptimo Concilio Ecuménico” dicen con relación al icono: “hemos visto lo que escuchamos,” el icono nos muestra silenciosamente lo que dice “La Palabra.”

También sabemos por San Pablo que “nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Cor. 12:3); nadie puede escribir “el icono del Señor” si no es por el Espíritu Santo. El fue, es y será el “iconógrafo Divino.”

Según los santos Padres, el Espíritu Santo es la toma directa de la belleza que comunica el esplendor de la santidad y se revela como “Espíritu de la Belleza.”

Según San Gregorio Palamas “En el seno de la Santísima Trinidad el Espíritu Santo es el gozo eterno en el que los tres se complacen juntos.” Explícita el dogma Trinitaria diciendo: “si el Hijo es la palabra que el Padre pronuncia y que se hace carne, el Espíritu Santo la manifiesta, la hace audible y nos la hace escuchar en el Evangelio; pero Él queda oculto, misterioso, silencioso, nunca habla de El mismo.”

La obra del Espíritu Santo, como espíritu de belleza es una poesía sin palabras.

Los atributos más conocidos del Espíritu Santo son: la vida y la luz. La luz es, ante todo, potencia de revelación; por eso el Dios revelado es llamado “Dios Luz.”

Ya dentro de nuestro plano óptico, el ojo no percibe los objetos en si mismos sino por la luz que esos objetos reflejan. El objeto es visible porque la luz lo hace visible. “La Palabra de Dios” en el primer día de la creación fue “Sea la luz.” Esta luz no es la que aparece el cuarto día, cuando Dios creó los astros, esta luz es la “Luz Increada” de la cual hablan los santos padres.

“El Padre pronuncia la palabra, el Hijo la cumple y el Espíritu Santo la manifiesta y la mantiene; es “la Luz de la Palabra” (San Gregorio Palamas).

Tenemos conocimiento de esa luz a través de la Biblia “Sea la luz” (Gen. 1:3), Nuestro Señor expresa “Yo, la luz…” (Juan 12:46) “El Padre es Luz,”” el Hijo es Luz,” “el Espíritu Santo es Luz.” La luz es la potencia de la revelación, “Dios es luz.” (1 Juan 1:5).

La acción del Espíritu Santo condiciona todo acto en que lo espiritual toma cuerpo, se encarna, se convierte en “Cristofanía” (manifestación del Cristo). El Espíritu Santo cubre con su sombra a María y la hace Madre de Dios. De la Encarnación nace el Cristo. De sus ‘Lenguas de Fuego” nace la Iglesia. De un bautizado y confirmado hace un miembro de la Iglesia. Del vino y del pan hace la sangre y el Cuerpo del Señor. De la “Santa Faz” hace un “icono.” CRISTO37 Así se convierte en el “iconógrafo Divino”   que realiza el arquetipo del cual vienen todos  los iconos. Estas acciones son “del Padre, por el  Hijo y en el Espíritu Santo” (San Basilio, el  Grande).

 La acción de Espíritu Santo coloca a la iconografía en el rango de arte sagrado y en el camino de la santificación del hombre, y por otra parte, esta acción esencialmente carismática y al mismo tiempo eclesiástica hace del icono un lugar teológico y por lo tanto fuente de teología.

La oración de “la Santificación de los iconos” dice: “Señor Dios, Tú creaste al hombre a Tu imagen. La caída lo oscureció. Pero la Encarnación lo restaura y lo restablece en su dignidad primera. Al inclinarnos ante los iconos, veneramos Tu Imagen y Tu Semejanza y en ellos Te glorificamos.”

Por lo tanto el icono se realiza en función de la Encarnación, y el icono está condicionado por la “creación a imagen y para la semejanza de Dios.”

El icono es “la teología de la imagen.” “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9); y realiza “la teología Bíblica del Nombre.”

El nombre identifica la presencia; “el Nombre de Dios” no puede pronunciarse en vano. El icono del Cristo, no lleva nombre, sólo letras; es el inefable. Este hecho está enraizado en esa noción, por eso lo identifica como tal. Ningún icono está terminado si no se lo marca con el nombre de los que representa.

Moisés nos dice el Nombre de Dios “Yo soy el que soy”…”Yo soy…” (Éxodo 3:14); Jesucristo nos lo hace ver, nos muestra Su Imagen; el Espíritu Santo nos lo hace entender.

“Yo Soy el Alfa y el Omega” (Apocalipsis 1:8); principio y fin”; “que era, que es y que ha de venir,” ” unión del principio y del fin.” Todo aquel que contempla el icono del rostro humano del Cristo, Dios hecho hombre, contempla el misterio de la palabra y del nombre. El arte iconográfico es sinérgico; “el Espíritu” ilumina al hombre.

Todos los iconos del Cristo dan la impresión de una semejanza tal que se lo reconoce inmediatamente; pero esta semejanza no es un retrato. Justamente lo que se revela en cada icono de una manera única no es la individualidad humana sino “la Hipóstasis del Cristo”; de esta manera es única, eclesial y personal a la vez. Por eso existen tantas “Santa Faz” como iconógrafos las han pintado. Pero su misterio está en que siempre se lo reconoce porque es “Rostro de Rostros” y “Rostro del Inaccesible.”

Según los santos Padres, con el Cristo la belleza de los cielos desciende a la tierra; la belleza se acerca a nosotros, viene a nuestro encuentro, se hace íntima, cercana, emparentada con la substancia misma de nuestro ser.

Cuando nuestro espíritu se lanza buscando “la Belleza Divina,” encontramos al “icono.”

El icono no es un objeto, ni un objeto de arte, es la imagen, la semejanza visible del Cristo, de quienes Lo precedieron, de quienes Lo acompañaron y de quienes Lo siguieron; es “belleza y luz,” por la “Gracia de Dios.”

A través de la semejanza, que los iconos tan misteriosamente transmiten, ilustran los relámpagos inefables de la “Belleza Divina.”

En los iconos, la belleza aparece como un estallido desde la profundidad misteriosa del ser, atestiguando la íntima relación entre el cuerpo y el espíritu.

La esencia deificada, que se manifiesta en toda la naturaleza creada, nos hace ver la “Belleza Divina.” La naturaleza se vuelve hacia nosotros, nos habla, nos confía sus cantos y sus colores secretos, nos llena con una alegría desbordante y quiebra nuestra soledad. Comulgamos con la belleza de un paisaje, de un rostro y sentimos una extraña consonancia con una realidad, que es la “Presencia Unica” de nuestra alma perdida y reencontrada.

La experiencia artística sólo puede prestarnos sus ojos mostrándonos un fragmento donde, sin embargo, el “Todo” está presente, como el sol que se refleja en una gota de rocío. Pero, conducido, por la mano de Dios, el hombre a pesar de sí mismo revierte el techo de lo estético y de lo ético y lo convierte en “fe.” La fe nos hace ver que la verdadera belleza no está en la naturaleza misma sino en la “Epifanía del Trascendente,” que hace de la naturaleza el lugar cósmico de Su resplandor.

Según los santos Padres, en el orden de la encarnación y la redención, el Cristo es el arquetipo de todas las formas y por eso la belleza sólo se formula partiendo de Dios.

Los “santos iconos” tienen su fundamento en el “icono no hecho por mano de hombre” — “la Santa Faz” — “Icono de Iconos,” “Belleza de Bellezas,” que nos expresa y muestra la “Belleza de Dios.” Cuando observamos los “santos iconos” observamos la “Belleza de la Luz de Dios.”

SAN SERAFIN DE SAROV El relato del encuentro de Motovilov con San  Serafín de Sarov, durante el invierno de 1831,  en el corazón del desierto nevado, nos muestra  lo que significa esa luz, llamada por San  Gregorio Palamas “ Luz Increada.”

 Motovilov le dice al Santo que explique el estado de Gracia; San Serafín pide que lo mire; “yo lo miré y me asombré con temor.” El Santo apareció como vestido de sol; la visión fue de una luz enceguecedora y una sensación poco habitual de calor y de perfume. El encuentro terminó con un mensaje de San Serafín, “No es para ti solamente que estas cosas han sido, sino para que por tu intermedio pasen al mundo”

Esta experiencia relatada no es un éxtasis, un abandono del mundo, es un anticipo de la “Luz del Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo” (San Basilio el Grande).

En este relato llama la atención la participación de los sentidos; la Gracia se experimenta, se vive, se siente como dulzura, paz, gozo y luz.

Lo espiritual y lo corporal se integran. Todo esto nos hace ver el porqué del empleo en la liturgia del pan, del vino, del canto llano, del icono y del incienso. La liturgia llama a nuestros sentidos: nuestro oído, nuestra vista, nuestro olfato y nuestro gusto — para elevarnos y devolver a la materia su dignidad primaria y su destino final; nos permite comprender que nuestro cuerpo no es sustancia autónoma sino parte integra de lo espiritual.

La “Belleza de Dios” que es su luz, no es material, ni sensible, ni intelectual, sino que se da a sí misma y se deja contemplar a través de la gracia de los elegidos que, por sus propios sentidos, pueden “ver” lo que está mas allá de “ellos mismos.” San Serafín, mas cercano a nosotros, nos hace ver que ” la Luz “ de la Creación, del Thabor, de Pentecostés, es la única y verdadera “Luz Divina”; es el misterio del “Octavo Día” y del “Cristo Transfigurado.” San Serafín nos hace reconocer una realidad que es un aliciente para la experiencia, de los santos y de los hombres.

En las escrituras, encontramos a Isaías que clama; “Cuan hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz … del que publica salvación, del que dice a Sión: ¡Tu Dios reina!… Alzarán la voz, juntamente darán voces de jubilo; porque ojo a ojo verán que el Señor vuelve a traer a Sión” (Isaías 52:7-8).

A través de los “santos iconos,” “la Faz luminosa del Señor” mira a los hombres. Es el “Cristo Transfigurado.” Los santos Padres afirman que lo que vemos en los iconos es la “Hipóstasis del Cristo” y de aquellos que han logrado la santificación.

Así el icono se convierte en una experiencia profundamente religiosa, que nos hace ver la “Luz de la Belleza de Dios.”

María Cecilia Mascarenhas de Boschkowitsch

 

Publicado en Artículos | Etiquetado como: , , , , , , | 1 Comentario

Una respuesta a El Icono en la Iglesia Ortodoxa

  1. Hector Miguel Delsart dice:

    Felicitaciones y muchas gracias por compartir toda esta belleza en una pag. gracias por enseñar.. Dios te bendiga siempre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *