Icono de la Dormición de la Madre de Dios

 

UNOAlégrate hija de David, Virgen llena de Gracia.

Santa y llena de hermosura.

La tierra es bendita por tu muerte y el aire por tu Asunción al Cielo.

Esta es parte de una plegaria de la liturgia Siríaca, de esta gran fiesta de la Dormición y Asunción de María.

Esta festividad parece, efectivamente tener un origen oriental. Aunque siguen siendo inciertos y discutidos el lugar y el tiempo de desarrollo. Hay varias hipótesis, la más acreditada es la que recoge el leccionario Georgiano del siglo VIII, que refleja costumbres litúrgicas de Jerusalén del siglo anterior, según el cual se celebraba a mediados de agosto una fiesta mariana en la Iglesia que mandara construir la Emperatriz Eudoxia en Getsemaní, lugar considerado como sepulcro de la Virgen.

Hay testimonios más antiguos, textos algo oscuros, pertenecientes a Timoteo, presbítero de Jerusalén en el siglo IV de que ya habla de la Dormición y Asunción.

Toda la literatura apócrifa sobre el tránsito de la Madre de Dios contribuyó a la difusión y consolidación de esta fiesta, se sabe que el Emperador Mauricio Flavio (582-602) ordenó la celebración de dicha festividad en todo el Imperio. A partir de esa época, los mayores teólogos, poetas y oradores sagrados han venido celebrando esta maravillosa fiesta de la Dormición y Asunción de la Virgen, convirtiéndose en la festividad mariana más importante de la Iglesia Bizantina.

Teodoro el Studita, preparaba esta fiesta con un ayuno de 15 días, y en esta corta cuaresma se cantaba todas las tardes el oficio llamado Paraclisis, que significa a la vez intercesión y consolación.

También existe un decreto del Emperador Andrónico II (1282-1328) en el cual consagra todo el mes de agosto al Misterio de la Dormición y Asunción de la bienaventurada Virgen María.

El término bizantino propio para esta fiesta es KOIMESIS (Dormición); y  es San Juan Damasceno, que en una de sus primeras homilías dedicadas a la Virgen explicita este término de Koimesis:

“…tu has florecido como el manzano entre los árboles silvestres, y es tu fruto dulce al paladar de los fieles. No, no llamare muerte a tu sacrosanta partida, sino Dormición y Tránsito, mejor  aun: ENTRADA EN LA GLORIA DE DIOS”

En cuanto a la iconografía de la Dormición, en general en todas las épocas es idéntico su esquema, puede variar algunos aspectos según las tradiciones, pero no alteran el sentido nuclear de la representación. (Ouspensky)

Es un icono simple y complejo al mismo tiempo, el más humano y divino de la iconografía bizantina, en él se dan cita la Humanidad y la Divinidad como realidades una y otra de la existencia.

En el oficio de las vísperas de la Dormición, después de los cantos, lecturas y plegarias, el sacerdote celebrante porta en su cabeza el icono de la Virgen cubierto con el sudario que los sostienen en sus cuatro puntas, cuatro hombres. Se realiza la procesión hasta depositar el icono en la tumba preparada en el medio de la Iglesia, donde se la venera y se inciensa, todo esto rodeado por un hermoso canto de procesión que dice:

 “Los apóstoles y los teólogos, reunidos por el aliento inmaterial, entierran tu cuerpo inmolado, rebosantes de perfumes, oh Morada de Santidad. Y te conducen hacia el descanso con cantos de despedida, y te engrandecen, oh María.”

En la liturgia Siríaca nos narra este momento con una plegaria hermosísima, que su última parte nos dice:

“¡Oh maravilla gloriosa y asombradora! La fuente de vida es llevada en procesión y puesta en el sepulcro, y este sepulcro fue la escala hacia los Cielos. Alégrate Getsemaní, templo santo y arca de la Madre de Dios.”

Podemos ver en el icono múltiples nubecillas sostenidas por su ángel respectivo, en cada una de ellas aparece uno de los Apóstoles. La mayoría de los ángeles, con el movimiento o con su gesto, señalan el centro del icono, el Cristo Jesús.

La convergencia de los Apóstoles a la ciudad Santa de Jerusalén, se narra en los apócrifos, se dice que cuando nuestro Señor JesuCristo decidió tener para siempre a su Madre junto a sí, envíó al Arcángel Gabriel para manifestar este deseo y revelarle el día de su tránsito:

“El Arcángel Gabriel se acerca a María y le dice: esto dice tu hijo, es hora de que mi madre este conmigo para siempre, No temáis, pues ya que vas a pasar a la vida eterna.”

Y la Virgen le expresa su deseo de volver a ver a los Apóstoles y el Arcángel le responde:

“Vendrán hacia ti, entonaran himnos en tu presencia y harán tus funerales.”

Los apócrifos nos siguen narrando como la Virgen se dirige hacia el Monte de los Olivos, donde se recoge en oración y luego retorna a su casa, apresurándose a preparar su lecho fúnebre, y queda en actitud de espera. Y en el ínterin, van apareciendo en el cielo unas nubes que después de congregar desde los confines de la tierra a todos los Apóstoles, se posan frente a la casa de la Virgen.

Hay un versículo de Lucas (17,37) que explica el recóndito sentido del reencuentro de loa Apóstoles que dice:

“Donde está el cuerpo, allí también se reunirán las águilas”

El reencuentro de los Apóstoles, la confluencia de todos los pueblos, simbólicamente doce, como figura de las Doce tribus de Israel. Es una nube que se extiende y cubre el mundo y las alas de los vientos conducen a los Apóstoles desde los confines de la tierra hasta Sion.

“¿Quiénes son estos que como nubes vuelan, como palomas a sus palomares?”

Esto lo dice Isaías (60-8) en el capitulo que nos habla del esplendor de Jerusalén. Y así llegan los Apóstoles, para realizar las honras fúnebres al cuerpo que fuera principio de Vida y receptáculo del mismo Dios. Y este tema lo toma el canto de clausura de las Vísperas de la Dormición / Asunción que canta:

“Apóstoles, reunidos aquí de los confines de la tierra. Enterrad mi cuerpo en Getsemaní, y Tú Hijo mío, recibe mi espíritu.”

El detalle de las nubes transportando a los Apóstoles es algo secundario dentro de la representación, pero sirve para subrayar el espacio central ocupado por el Cristo, en quien confluyen las líneas de fuerza de la composición. El centro del icono no es la Madre de Dios, sino el Cristo.

Fijemos la atención en las líneas fundamentales de la composición iconográfica, ya que no son causales sino motivantes, para poder iluminar el sentido profundo de la divinidad y la humanidad.

La composición presenta dos tiempos con dos movimientos contrapuestos. El primer movimiento parte de arriba hacia abajo, en una convergencia contripeta: los Apóstoles en sus respectivas nubes convergen en Cristo como centro de la escena.

El segundo movimiento se dirige desde abajo hacia arriba. Del cuerpo yacente de la Virgen surge un impulso ascendente que, a través del Cristo culmina en ese medallón que representa a la Señora llevada por los ángeles de los Cielos.

Los dos personajes principales, el Cristo y la Virgen, representan sin embargo dos líneas opuestas, una vertical y otra horizontal. Jesús está de pie y María está postrada.

La línea vertical constituye el centro exacto del icono, y es el signo de benevolencia y la amistad  del Señor con los hombres. Dicha línea no busca encontrarse o cruzarse con la otra.

No es casualidad que la línea horizontal se halla en la segunda mitad inferior del icono. Su contenido es el cuerpo de la Virgen, la humanidad, la tierra fértil preparada y presta a recibir la semilla.

El vestido del Cristo impregnado de oro, se apoya y se introduce en las tinieblas de la tierra, figurada en el manto oscuro de su Madre.

El encuentro de una y otra línea, es vida y redención de todo lo creado, de todo cuanto existe en la tierra, visible e invisible, que no tiene lugar propio, ya que todo está contenido en quién, sin semilla humana, se hizo Él mismo niño y construyó una mansión para la divinidad que todo lo llena, todo está encerrado en Él, trascendiendolo todo, mantiene su lugar infinito.

Verdadero Dios y verdadero hombre, Cristo es la síntesis de la unión entre Creador y creatura. Se hizo hombre para encontrar al hombre en el área de su existencia. Mientras prepara con una mano las mansiones para el descanso de los salvados, construye con la otra en el desierto, una tienda como refugio de salvación para quienes se han extraviado.

El icono es pues, un símbolo de la impotencia humana, la muerte, y de la necesidad de hallar a Dios, la Vida, llegando a ser todo en Dios.

En este sentido el icono es una voz que grita en el desierto donde el Cristo ha preparado un refugio de Salvación, como lo hizo Juan el Bautista o como lo hicieron los Profetas.

Recordemos un texto del Génesis: Al oír la voz de Dios en el Paraíso, el hombre se esconde por primera vez de su Presencia, creando así su propio desierto, pero, en ese mismo instante se hizo sentir por primera vez, la voz del Buen Pastor en busca de la oveja extraviada: “Donde estás”.

Esta voz es la que se va transmitiendo a través de múltiples ecos, en todos los lugares, en todos los tiempos y que resonará hasta la eternidad para aquellos que se mantienen alejados del Señor (Hebreos 1.1-2)

Hay dos edificios colaterales que simbolizan a la ciudad, la ciudad de David, Sión, donde se cumplió la ley de la Escritura y donde fuera anunciada la ley del espíritu, donde el Cristo pusiera fin a la Pascua simbólica de los judíos y estableciera la verdadera Pascua, la Alianza Nueva y Eterna.

En Sión el Cordero de Dios inicia el místico banquete, allí es donde resucita de entre los muertos, el Cristo se deja ver por los Apóstoles.

Esta  ciudad es la “Roca de la Iglesia”, es el lugar de cita de los Apóstoles después de haber partido a los cuatro puntos de la tierra para dar la Buena Nueva de la Resurrección.

Esta ciudad, estos edificios representan la Iglesia nacida de Cristo, que considera a Nuestra Señora como su miembro principal.

ESCENA INFERIOR:

La Virgen rodeada por los discípulos del Señor.

Por los apócrifos sabemos que los Apóstoles acudieron a Jerusalén, reencontrándose todos frente a la casa de la Virgen. La Madre de Dios los llama y se introducen en su casa y ven los preparativos funerales, ellos se entristecen. La Virgen los consuela y los alienta, ella se tiende en el lecho fúnebre, los Apóstoles la rodean, y ella les pide que permanezcan en una vigilia hasta el momento que el Señor lo quiera y ella se separe de su cuerpo. Esto es a grandes rasgos lo que refieren los apócrifos.

Vemos a la cabecera del lecho a Pedro, a los pies a Pablo en actitud de veneración. Entre los Apóstoles, a ambos lados figuran algunas mujeres y otros dos personajes con ornamentos litúrgicos pontificales. Se trata de Dionisio Areopagita y de Hieroteo, obispo de Atenas, ambos discípulos de Pablo.

El obispo Dionisio es que nos informa de esta presencia en su tercer capitulo sobre Nombres Divinos.

Según otros comentarios serían Santiago, primer obispo de Jerusalén y Dionisio, y según la guía de pintura de Dionisio de Furna, serían Dionisio, Hieroteo y Timoteo con el Evangelio en sus manos.

Lo que observamos es la Iglesia visible situada en una línea horizontal, en el momento de los funerales de un miembro de la comunidad, la actitud es la tristeza, María hija de Adam carga también con la pena paterna, como su Hijo tampoco la rehuyó. He aquí a la NUEVA EVA, la iglesia que llena de confianza contempla a su Señor.

Refieren los apócrifos que hacia la hora tercia del día, un gran trueno se oyó, y se percibió un intenso perfume, y que aparece el Señor, el Cristo rodeado de millares de Ángeles, Tronos, Potestades, Dominaciones, Querubines y Serafines. A los costados del Salvador están los Arcángeles Miguel y Gabriel, la Virgen exulta de gozo y bendiciendo a su Hijo por haber cumplido su promesa.

Toma el Señor el alma de María que presentaba una perfecta imagen humana y ordena a Miguel que traslade el alma de María al Paraíso a los pies del Árbol de Vida, donde el alma volverá a recuperarlo ya glorificado.

En el centro del icono vemos un gran arco celeste que simboliza la Gloria, vemos al Cristo con un recién nacido en los brazos, envuelto en pañales, es el alma de la Virgen. El alma de la Madre de Dios está simbolizada en esta niña envuelta en blancos lienzos que simbolizan el esplendor del alma pura e iluminada. Aparecen en torno del Señor unos ángeles y en la parte superior dos Serafines.

En el vértice de la representación hay un medallón sostenido por dos Arcángeles que llevan el cuerpo de la Virgen a los Cielos.

Desde la Jerusalén terrena o Ciudad de Dios, es llevada la Madre de los Vivientes a la Jerusalén Celestial, ella obtiene morada en la Iglesia de los Primogénitos. (Hebreos 12,23)

El Arca Viviente y Espiritual del Señor es llevada por los ángeles a su descanso en el seno de Abraham (Salmo 13, 2-8)

La Madre de Dios, primicia del género humano, era terrena y corruptible como hija de Adam, al incorporar al Cristo, su cuerpo es glorificado y se convierte en inmortal mediante la resurrección de su Hijo.

En la Divina Comedia de Dante, por boca de Bernardo se dirige a la Madre de Dios diciendo: “Virgen Madre, Hija de tu Hijo”.

Esta estrofa sintetiza muy bien esa relación de amor que media entre la Madre y el Hijo, entre la Creatura y el Creador, entre el instrumento y la causa de la Salvación.

No es más ya la creatura que estrecha en sus brazos al niño, su Hijo y su Dios, es el Creador que tiene en sus brazos a la oveja extraviada, al dracma perdido de  su imagen deteriorada.

Contemplando el icono, llegamos a comprender el amor paternal de Dios por nosotros.

La que constituye el centro de la fiesta desaparece humildemente, y se sitúa a un lado para ceder el centro a aquel hacia quien ella debe conducirnos.

Hay otras representaciones de esta fiesta, que difieren en algunos aspectos según las tradiciones, pero el núcleo central no varia.

María es el punto de encuentro entre la humanidad y la divinidad y guía del hombre hacia Dios.

 

 

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