La imagen y la semejanza

El hombre a imagen, la imagen del hombre

La imagen y la semejanza

El icono, para el creyente, más que imagen religiosa es la anticipación misma del Reino. Destinado a reflejar la deificación del hombre, su estética se basa en un realismo escatológico. Lo psíquico es rechazado. El rostro pneumático es la imagen de Dios restaurada en su belleza originaria.

La figura humana es el módulo de composición de la imagen. El hombre es llamado a reocupar su lugar originario. Señor del Edén, es invitado a lograr la santidad, a obtener el “reposo” de Dios, a ser el lugar donde Dios encuentra su “reposo”. San Gregorio de Nisa define el cristianismo como “imitación de la naturaleza divina” basado en la experiencia mística ortodoxa, el icono encarna la naturaleza indescriptible. El hombre “en cuanto a persona no es parte sino que contiene en sí el todo” (Vladimir Lossky). Más que un personaje el santo es persona: un ser unificado y penetrado por la luz y por la paz. El naturalismo es rechazado: hecho a imagen de Dios, el hombre debe parecérsele por medio de la santidad.

“El rostro humanoescribe Antonin Artaudes una cara vacía, un campo de muerte. La vieja reivindicación revolucionaria de una forma que nunca se correspondió con su cuerpo. Que partió para ser cosa distinta del cuerpo…El rostro humano aún no ha encontrado su cara.” Oscurecida por la caída, la imagen sólo alcanza su plenitud en la semejanza divina que constituye su único arquetipo. Centrado en el rostro, el icono se mantiene ajeno al modelo carnal. Es rechazado el retrato naturalista. El icono de un ser vivo resulta imposible. “Podré ser un verdadero creyente cuando haya dejado de ser visible a este mundo.”, escribe San Ignacio de Antioquía en su carta a los Romanos (III,2). Efímero y perecedero, lo terrestre lleva la marca de la decadencia. “Llevo los estigmas de mi iniquidad pero estoy hecho a imagen de la gloria indecible” dice el tropario del oficio fúnebre. Despojado de sus iniquidades, el hombre es una teofanía de Dios. Reflejando su prototipo último, el rostro reencuentra su cara.

adan y evaEl sexto día del Génesis, Dios crea al hombre a su imagen y semejanza. Expulsado del jardín del Edén, Adán pierde la semejanza indecible. El advenimiento del Cristo reinstaura la imagen. “Dios se hace hombre para hacer a Adán Dios”, reza la liturgia en la festividad de la Anunciación. Un admirable texto de  Gregorio de Nisa pone de relieve este doble proceso: “Al principio la naturaleza humana florecía mientras habitaba el paraíso fecundada y vivificada por las aguas del manantial; tenía por follaje la virtud de la inmortalidad, que adornaba la naturaleza. Pero cuando el invierno de la desobediencia secó la raíz, la flor cayó y se deshizo en el terreno, el hombre fue despojado de su belleza inmortal y la hierba de las virtudes se secó pues el amor de Dios se había enfriado mientras la iniquidad crecía. Innumerables pasiones fueron desatadas en nosotros por los vientos hostiles y provocaron el naufragio de las almas.

Pero cuando llega aquel que trae la primavera a nuestras almas, él que, cuando un mal viento agita el mar, amenaza al viento y dice al mar, “Silencio, cálmate” y todo se vuelve calmo y sereno, nuestra naturaleza vuelve a ornarse de las flores que le son propias.”

El hombre es la más bella criatura del Edén. Adornado de una belleza superior, es el único creado a imagen incorruptible y semejanza indescriptible. Separado de Dios, muere para la vida perfecta y pierde la huella radiante de la inmortalidad. Para reencontrar la propia  naturaleza originaria, el hombre debe, de nuevo, dirigir la mirada a Dios del que es el único que posee imagen y semejanza. La naturaleza humana encuentra su plenitud en la naturaleza divina: “El cielo no es una imagen de Dios, ni la luna, ni el sol, ni la belleza de los astros, ni cualquier otra cosa que pueda ser vista en la creación. Sólo tú has sido hecho a imagen de la luz que trasciende cualquier inteligencia, semejanza de la belleza incorruptible, huella de la divinidad verdadera, receptáculo de la beatitud, sello de la verdadera luz. Cuando te vuelves hacia él te conviertes en lo que el mismo es, imitando a aquel que brilla en ti con el resplandor que refleja tu pureza. Entre todos los seres, ninguno hay  tan grande que pueda ser comparado a tu grandeza. Dios puede medir el cielo entero con un palmo, la tierra y el mar se recogen en el hueco de su mano. Y sin embargo tú eres capaz de contener a aquel que es tan grande y que contiene toda la creación en la palma de su mano, él vive en ti y no se encuentra estrecho circulando en tu naturaleza” (Gregorio de Nisa)

Extraído de Iconos, sentido e historia.

Mahmoud Zibawi

 

Publicado en Artículos | Etiquetado como: , , , , | Deje un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *