PERSPECTIVAS SIMBÓLICAS SOBRE EL TEMA DE LA JERUSALÉN CELESTIAL

 En la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, en los Padres de la Iglesia y en el pensamiento religioso y místico medieval, se hace constantemente alusión al tema de “Jerusalén” considerada en tanto que ciudad celestial y ciudad terrestre, con un puente entre ambas que las une.

Un texto del apóstol Pablo dirigido a los Gálatas (IV, 22 ss.) precisa sus principales aspectos:

abraham y sara su mujer“…Abraham tuvo dos hijos, uno de la esclava Agar, y otro de la libre, que era Sara. Mas el de la esclava nació según la carne; al contrario, el hijo de la mujer libre nació en virtud de la promesa. Todo lo cual fue dicho por alegoría: porque estas dos madres son las dos alianzas. La una dada en el monte Sinaí, que engendra esclavos, la cual es simbolizada en Agar; porque el Sinaí es un monte de la Arabia que corresponde a la Jerusalén de aquí bajo, la cual es esclava con sus hijos. Mas aquella Jerusalén de arriba, figurada en Sara, es libre, la cual es madre de todos nosotros”.

Y Pablo añade que “el que había nacido según la carne perseguía al nacido según el espíritu” (Gálatas, IV, 29). Lo que es carnal reclama la ley, y no podría soportar a lo espiritual, que es libre.

Para comprender el sentido que debe darse al texto de Pablo, conviene recordar los pasajes del Génesis en los que son figurados ambos tipos de alianzas, la carnal y la espiritual. La maravillosa historia de Sara, que en su vejez da un hijo a Abraham (XXI, 1, ss.) va precedida por la de Agar, la esclava egipcia (XXVI, 1, ss.). Refiriéndonos al tema filoniano concerniente a los neófitos, los progresantes y los perfectos, podría decirse que Agar corresponde a los carnales, a la Jerusalén terrestre, mientras que Sara simboliza la Jerusalén celestial. ¿No es el hijo de Sara un niño espiritual? El hecho es tanto más evidente porque Abraham tiene 99 años y Sara 90. Conviene recordar aquí que los acontecimientos exteriores deben ser interpretados simbólicamente.

Estas dos alianzas pueden entenderse en términos de oposición, pero sería más justo considerarlos en su continuidad. La esclava Agar da hijos a Abraham, puesto que Sara, su mujer, es estéril. Cuando el hijo de la promesa, Isaac, sea circuncidado, Sara pedirá a su marido que expulse a la esclava, y Abraham le obedecerá. Lo que significa que lo espiritual echa fuera a lo carnal. Cuando el hombre penetra en la dimensión del espíritu, del pneuma, lo carnal desaparece ante su presencia. Así ocurre con la Jerusalén terrestre con respecto a la Jerusalén celestial. No son contradictorias, una es el punto de partida y otra el de llegada. La Jerusalén celestial transfigura a la Jerusalén terrestre, y ésta es entonces un reflejo, una luz ensombrecida, pues no posee el esplendor de su modelo. Sin embargo, ella se orienta y comienza así su metamorfosis. En un idéntico sentido, Bernardo de Claraval, en su Tratado sobre “el amor de Dios”, dirá que se pasa del amor carnal al amor espiritual, de la dualidad a la unidad.

LA JERUSALÉN TERRESTRE: LA IGLESIA Y EL ALMA

En el pensamiento patrístico, comenzando con Orígenes, Jerusalén figura a la vez a la Iglesia y al alma. Ambas pertenecen al nivel psíquico, es decir, a la Jerusalén terrestre; deben pasar por la prueba de la muerte, a imitación de Cristo, a fin de resucitar con él. Pero no se trata de una muerte cruel. Ciertamente, existe una mors inimica, mala y dañina, pero también hay una mors… Christi amica, una beata mors, es decir, una muerte extática. Esta muerte bienaventurada, esta muerte beatífica, debe acogerse con dulzura a fin “de resucitar con Cristo”. Como dice Pablo, “la muerte es cotidiana” en tanto que pasaje de un nivel a otro; así, la Jerusalén terrestre no deja de morir para resucitar constantemente, y su canto es el del Salmo de las ascensiones (84); ella sube de la Jerusalén terrestre a la Jerusalén celestial, pasando y volviendo a pasar de lo psíquico a lo pneumático. Cada grado superado corresponde a otro nivel de luz. Orígenes pudo escribir: “Cristo será para ti una luz eterna, Dios será tu gloria”.

La Jerusalén terrestre no cesa de reencontrar a la Jerusalén celestial. Reencuentros fortuitos y breves, constante ir y venir efectuándose en la movilidad, fusiones pasajeras aunque sabrosas, que dan al alma el gusto de la no-división, de la unidad festiva. En los textos del Nuevo Testamento se habla a veces siglo del “por venir”, que la consumación de este siglo anuncia e inaugura. El cara a cara es simplemente esbozado por la Jerusalén terrestre; la “plenitud de los tiempos” coincide con la eternidad, y la eternidad que comienza a realizarse en el tiempo ya es iniciación con respecto a una plenitud espiritual siempre por venir. Pues su identidad jamás es perfectamente alcanzada. La Jerusalén terrestre representa una parte provisional, aquella que conviene a un viajero.

LA VERDADERA PATRIA

Durante su viaje terrestre, el hombre se ve privado de su verdadera patria, es “extranjero y viajero sobre la tierra”; la ciudad permanente a la que pertenece se sitúa en un contexto escatológico. El hombre pertenece a una condición transitoria, su verdadera ciudad se halla en “los cielos”, luego en algo rigurosamente diferente de su actual y momentánea situación.

Entre la Jerusalén terrestre y la Jerusalén celestial las relaciones son posibles. Sin embargo, un abismo las separa, podría incluso decirse un muro, pero en este muro que parece aislar a una de otra se producen grietas, especies de fisuras, por las que se establece una comunicación, así como el esposo del Cantar de los Cantares espía a la esposa a través de las celosías (II, 9). Muda por un amor compasivo, la Jerusalén celestial visita a su homóloga terrestre. Reencuentros fortuitos, como se ha dicho ya. Retomando para sí la llamada de la Esposa del Cantar de los Cantares, el habitante de la Jerusalén terrestre puede implorar: “Muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos” (II, 14). Apariciones veladas, suficientes sin embargo para provocar la seducción del peregrino y orientarle hacia lo celestial. Incluso puede hablarse de un intercambio, de un breve diálogo. La noción de diálogo es importante, pues muestra que el peregrino ya posee contactos concretos con el lugar hacia el que se encamina. Establecerá entre lo alto y lo bajo, entre el exilio volcado a la movilidad y la ciudad permanente, inmóvil, un esbozo de conversación.

La Vulgata traduce el término politeuma por conversatio. La palabra será adoptada por los cristianos de los primeros siglos, y también por los reformadores como Lutero y Calvino. Ahora bien, como ha señalado Emilien Lamirande, el autor del artículo sobre la “Jerusalén celestial” en el Dictionnaire de Spiritualité (fasc. LIV-LV, p. 945), el término conversatio “transforma la relación política en situación moral”. Las relaciones de los espirituales con la Jerusalén que se sitúa en los cielos no se ordenarán en términos políticos o sociales, más o menos distantes, sino en un contacto directo, cotidiano, amoroso. En tanto que la ciudad modelo se encuentre para el hombre en los cielos, puede tener la impresión de que está fuera de él y de que debe salir de sí mismo para alcanzarla. Si se interioriza, comprenderá que lo celestial no se halla fuera de él, sino que se encuentra en sí mismo, en el interior de su propia dimensión de profundidad. Ahora bien, la conversión y la conversación están emparentadas. La conversión en tanto que metanoia interiorizará el diálogo, y llegará un momento en que el diálogo devendrá monólogo. La voz del Eterno se hará oír, ya no desde fuera, sino desde dentro. Y aquel que la contiene se mantendrá a su escucha hasta el instante en que diálogo y monólogo sean totalmente suprimidos en provecho del silencio sólo. Cuanta más voz, más escucha y más hundimiento, es decir, más abisal salto en lo celestial interiorizado, de donde no podría regresarse para dejar superficie a lo exterior. Querer “entretenerse con” se presenta como un ejercicio, una tarea que pertenece a la vida práctica y que no se inscribe en el interior de la theoria. Lo que significa la necesidad de superar la acción para acceder a la contemplación. La conversatio no conviene a la vida contemplativa, conduce a ella. Ésta es comparable a una mirada expresándose en el silencio. El cambio aparece rigurosamente diferente del reposo de la “vida teórica”. No hay acceso a la theoria en tanto que la Jerusalén celestial, la verdadera patria, no se haya interiorizado, lo que significa que un retorno a la patria se opera antes de la muerte que concluye el acceso. Sin embargo, el hombre peregrino, que pertenece a la Jerusalén de abajo, es incapaz de “subir” hacia la Jerusalén de lo alto, de modo que es importante que lo celestial descienda sobre lo terrestre.

EL DESCENSO DE JERUSALÉN

En el Apocalipsis (XXI, 2) se habla del descenso de Jerusalén: “yo vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, descender del cielo por la mano de Dios, compuesta, como una novia engalanada para su esposo”. Este texto del Apocalipsis es leído durante la consagración de las iglesias. En la liturgia, la iglesia construida por los hombres es llamada “casa de oración”. Es a imagen del edificio celestial compuesto “de almas vivientes”, que se apoyan en la piedra angular: el Cristo. El himno cantado durante el oficio de la consagración celebra el esplendor de Jerusalén:

“Jerusalén, ciudad celestial,

bienaventurada visión de paz,

que, construida de piedras vivientes,

te elevas hasta las estrellas,

y que, como una esposa,

estás rodeada de mil millares de ángeles.

Oh, esposa de suerte dichosa,

Dotada de la gloria del Padre,

Inundada de las gracias del Esposo,

Tú, la más bella de las reinas,

Al príncipe Cristo te has unido,

Resplandeciente ciudad del cielo.

Aquí, brillantes de piedras preciosas,

Todas las puertas están abiertas;

Pues, con la virtud por guía,

Se ve conducido todo mortal

Que, tocado de amor por Cristo,

Sabe resistir los tormentos”.

Esta Jerusalén simboliza la prometida del Esposo celestial; ella desciende sobre la tierra a la manera del Verbo que se hace hombre. Ella corresponde a la visión de Ezequiel (XLVIII, 35) que concierne a la repartición de la nueva Tierra Santa entre las diferentes tribus. El nombre de la ciudad es evocador: “El Eterno está aquí”. Esta Jerusalén de la que habla el autor del Apocalipsis constituirá el puente entre la Jerusalén terrestre y la Jerusalén celestial, de una manera análoga al Cristo uniendo a los hombres con su Padre celestial. Puede así hablarse de niveles consecutivos. El de la manifestación, correspondiendo la Jerusalén celestial a la humanidad de Cristo. Es un punto de partida necesario, pero insuficiente. La Jerusalén de abajo deviene una tierra “desposada”, es decir, que la Jerusalén celestial se reviste de una forma terrestre pasajera, así como el Verbo adopta la forma humana. A ejemplo del Dios que se hace hombre, la Jerusalén celestial deviene terrestre, “desposa” a la terrestre y la transfigura asumiéndola.

cristo jesusCristo aporta el mensaje de una nueva alianza, de un hombre nuevo, de un nuevo cielo y de una nueva tierra, y sólo la nueva tierra puede devenir una tierra “esposa”, tal como una “virgen pura”. En el nivel último, no hay sino Dios sólo.

LA NOVEDAD

El tema de la “novedad” se integra en el vocabulario bíblico. En el Antiguo Testamento se hace mención de un “cántico nuevo” (Salmo XXXIII, 3; XL, 4), de un nombre nuevo (Is., LXII, 2), de nuevos cielos y de una nueva tierra (Is., LXV, 17), de un campo nuevo (Jer., IV, 3; Oseas, X, 12) y de un espíritu nuevo (Ez., XI, 19), etc. El Nuevo Testamento habla del vino nuevo (Marcos, II, 22; Lucas, V, 37; Mateo, XXVI, 29), de una nueva doctrina (Marcos, I, 27; Hechos, XVII, 19), de un nuevo nacimiento (Juan, III, 3), de un nuevo mandamiento (Juan, XIII, 34; I Juan, II, 7). Pablo se refiere constantemente a este término de “nuevo” haciendo alusión a la “masa nueva” (I Cor., V, 7), a una nueva criatura (II Cor., V, 17; Gal., VI, 15), a un hombre nuevo (Efes., II, 15; IV, 24; Col., III, 10), etc. El Apocalipsis menciona el nombre nuevo escrito sobre una piedra blanca (II, 17), el nuevo cántico (V, 9; XIV, 3), el cielo nuevo y la tierra nueva (XXI, 1), y, refiriéndose a Jeremías (XXI, 2), a la Nueva Jerusalén (III, 12).

Este término de “nuevo” se inscribe en un contexto escatológico. Se refiere a la edad de oro, que aquí pertenece al futuro, pero que en algunos casos podría presentarse como un resurgimiento del pasado. Así, ese algo por venir se presenta como una renovación, como la reaparición de un pasado en todo su esplendor. Nuevo no significa obligatoriamente nuevo , aunque a veces comprende este sentido. Se trate de una renovación o de una novedad, el pasaje es imperativo; hay que franquearlo en vistas a la nueva dimensión que conviene adquirir.

Este pasaje incluye un ascenso, “se asciende a Jerusalén“. Se retoma siempre el símbolo de la ascensión a un lugar elevado, a una montaña. Así, Cristo parte de Cafarnaum para subir a Jerusalén. Cafarnaum siempre se interpreta con el significado de una realidad únicamente material, más o menos caótica e insignificante. La ciudad de Jerusalén posee un significado de orden psíquico, pero en el interior de la ciudad se halla el templo, cuyo simbolismo es particularmente precioso. Al templo de Jerusalén, en tanto que “casa de oración”, corresponde el templo del alma. En uno se cumple un culto litúrgico que se extiende a todo el universo; en el alma, el culto interiorizado es aun más importante, microcosmos y macrocosmos se reúnen de manera tal que el culto exterior se borra ante el que se realiza dentro, de la misma forma que el psiquismo –como se ha visto- se difumina y desaparece en provecho de lo pneumático.

Este templo que se encuentra en la dimensión de profundidad del hombre, “es templo de Dios, por el Espíritu Santo… para cada uno de aquellos que han recibido el Verbo de Dios” (In Mat., ser. 29). Este templo que debería ser masculino y pneumático corre siempre el riesgo de ser prostituido por los mercaderes. De donde la necesidad de mantenerse constantemente en un estado de vigilia. Los “mercaderes” deben ser apresados, como los ladrones que penetran con violencia en una casa habitada, sacralizada por la presencia divina.

La alianza entre la Jerusalén terrestre y la Jerusalén celeste, su unión, su fusión, se cumple en el templo interior, y el hombre que pasa de lo terrestre a lo celeste se convierte en un ciudadano “de lo alto”, habita ya en su cielo interior, bosquejo del Paraíso celestial.

EL CÍRCULO Y EL CUADRADO

Podríamos preguntarnos si acaso la Jerusalén celestial no debe ser considerada como una réplica del Paraíso terrestre. La cuestión es de una extrema importancia a nivel simbólico. Ahora bien, no hay nada de eso. El Edén se presenta como una forma redonda. El redondel, el círculo, es perfección; en razón de su totalidad indivisa, de su homogeneidad, significa la ausencia de comienzo y de fin. “¿Por qué el cielo se mueve con un movimiento circular?”, se interroga Plotino. Y la respuesta será: “Porque imita a la inteligencia”. La perfección del círculo es de orden celestial. El Paraíso terrestre, como indica su nombre, es entonces una réplica del Paraíso celestial sobre la tierra.

Por el contrario, la Jerusalén celestial ofrece una forma cuadrada. Y es que el cuadrado simboliza lo creado, pero un creado estabilizado, que afirma una síntesis de los diversos elementos. El cuadrado ha servido de modelo a muchas villas medievales. En su Album, Villard de Honnecourt, arquitecto del siglo XIII (publicado por J. B. Lassus, París, 1858), muestra el plano de una iglesia cisterciense trazado ad quadratum. El cuadrado pertenece al hombre, al microcosmos. universalsHildegarda de Bingen, en el siglo XII, representará al hombre con los pies juntos y los brazos extendidos, simbolizando los cuatro puntos cardinales, los cuatro ríos del Paraíso, comprendiendo así la tierra y el cielo. El propio Cristo será considerado como el hombre cuadrado por excelencia.

La eternidad está significada por el círculo, y el tiempo por el cuadrado. Si la Jerusalén es cuadrada, se trata entonces de un tiempo que será asumido por la eternidad, de un terrestre transfigurado. Así, la Jerusalén celestial es simbólicamente distinta del Paraíso celestial, que representa el cielo sobre la tierra, mientras que ella simboliza la Tierra en el Cielo, en el sentido en que Eckhart dirá que “Dios nace en el alma, y el alma nace en Dios”.

La creación se remonta hacia Dios a la manera que Cristo se remonta hacia su Padre en tanto que resucitado. La Jerusalén celestial significa pues la conjugación de lo terrestre y de lo celestial. Por ello, la tierra se metamorfosea, y puede hablarse de una tierra de luz, de una tierra iluminada.

Tal es el universo del que hablaba el Apocalipsis, al decir: “Ved aquí el Tabernáculo de Dios entre los hombres… las cosas de antes son pasadas… He aquí que renuevo todas las cosas… Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todo” (XXI, 3-6). Esta Jerusalén se sitúa en una perspectiva mesiánica. Cristo ya ha venido, pero volverá. Puede pensarse, con Orígenes, que ese retorno de Cristo se efectúa en el interior de las almas, y que, habiendo comenzado siempre, jamás cesa de repetirse. La novedad del porvenir consistirá en su universalidad. En lugar de concernir a un pequeño número, se extenderá a toda la humanidad.

Guardémonos de olvidar que, en esta simbólica, no se trata de lugares, sino de estados. La Jerusalén celestial es distinta del Paraíso. La Jerusalén terrestre corresponde al cuerpo psíquico, y la Jerusalén celestial al cuerpo sutil. La Jerusalén celestial constituye la puerta del Paraíso, pero no es el Paraíso.

Marie-Madeleine Davy

 

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