Oración del corazón

ORACIÓN DE JESÚS: ORACIÓN DEL CORAZÓN

Comentario de la fórmula

“Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten Piedad de Mí Pecador”

 ¿Por qué esta oración y no cualquier otra?

Porque es el verdadero lenguaje, el  lenguaje total y completo “lleno de gracia y verdad”, tal como nos lo ha transmitido por tradición nuestra Madre Iglesia, para vivir como verdaderos discípulos.

Como toda madre lo hace con su hijo, la Iglesia nos deletreó primero las sílabas y las palabras en el curso de los primeros siglos, hasta hacernos entrar en la plenitud del lenguaje.

Era un balbuceo sin duda de gran ternura. Pero una vez alcanzada la sabiduría, ya no podíamos hablar como ignorantes: “Cuando era niño, hablaba como niño, ya a la edad adulta hice desaparecer lo que era del niño”.

Así sucedía en los primeros tiempos de la Iglesia, cuando sólo se decía una oración “jaculatoria” como el nombre de “Jesús” solamente, o “Señor a mi socorro” y muchas otras fórmulas cortas que encerraban toda la frase y la plenitud de la fe que confiesa: “Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador”

La inteligencia y el corazón eran nutridos por la justa profesión de fe, generaciones enteras dieron su vida por ella y estaban aún muy próximos a la savia de los orígenes.

Hoy en día todo se complica: dos mil años de historia es mucho y suficiente para que una religión se fosilice, constata Mircea Eliade. O sea al envejecer uno se arriesga a volver a caer en la infancia, pero privado de la gracia del niño. Hemos perdido la increíble lozanía de los Hechos de los Apóstoles, en que podemos aún calibrar lo que es la verdadera tonalidad del cristianismo. Se rompió el nexo nutriente con los siglos fundadores y la gran Tradición.

Como ancianos desorientados y amnésicos “nos dejamos llevar por cualquier viento de doctrina a merced de la impostura de los hombres… (Ef.4; 14) Pues vendrá un tiempo en que los hombres ya no soportaran la doctrina sana sino que desoyendo la verdad, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros, por el prurito de oír las fábulas” (2Timoteo 4 ;3)

San Pablo no podía haber hecho un mejor diagnóstico del cristianismo en descomposición y del hombre de hoy, subdesarrollado en todos los planos, que se volvió “extraño para consigo mismo” (Máximo el Confesor), y entregado al prodigioso delirio de la mecánica.

¿Dónde se encuentra el Verbo justo que le da la estructura a un cristiano adulto, y el Espíritu que lo introduce en la experiencia transformadora?

Ese nombre que se va repitiendo “Jesús”“Jesús”, como lo proponen algunos. ¿En qué subjetivismo sentimental o afectivo puede caer?…

No nos apresuremos en seguirles los pasos a esos gigantes espirituales del Sinaí, quienes en su época solían tener esta práctica. Cuando, siguiendo su ejemplo, tengamos nuestro haber años de ascesis, de oración y de humilde sumisión a la Tradición, puede suceder en efecto que el Espíritu “que lo colma todo” nos haga sólo repetir una sola palabra: será entonces Su gemido en nosotros, el surgimiento del misterio divino en su plenitud y no Dios como lo queremos tener según nuestras piadosas fantasías.

La Oración de Jesús, en su total formulación, pone en marcha al hombre en su totalidad, cuerpo-alma-espíritu, y le revela a Dios en su totalidad y tres veces santo, Padre-Hijo-Espíritu. Sinergía en que “Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios” (S. Atanasio siglo IV).

La Oración de Jesús nos revela ese designo que tiene Dios para la humanidad, pero al mismo tiempo nos hace experimentar a Aquél en la persona de quien se realiza primero este designo: Jesús Cristo.

Por su vida en la historia y su vida en nosotros, Jesús nos revela a cada uno la manera de proceder de Dios. Cada palabra de la Oración es una “plenitud” en sí, irremplazable, que entrega parte de su Energía aún celeste y oculta, pero que ya es parte también vivida por la Tradición y va revelándose cada vez más a medida de nuestro progreso.

En ello radica el sentido de ese futuro misterio contenido en la revelación del Santo Nombre a Moisés, que se puede traducir de la siguiente forma: “Conocerás que YO SOY cuando hayas experimentado lo que haré por ti” (Ex.3, 12 y 33,16)

La revelación del Nombre es por lo tanto dependiente del cuidado que ponga en el presente: es en el instante presente que se revela el Absoluto Presente “YO SOY” en una progresión infinita, del que la Oración es el constante descubrimiento.

Más, para alimentar ésta y permitirle ser un verdadero sacramento, es vital el tomar su tiempo y hacer una larga pausa sobre cada palabra separadamente. Todos los “Antiguos” que hemos conocido insisten en su importancia. “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis realmente mis discípulos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn.8, 31).  Permanecer largo rato sobre una sola palabra, luego pasar a la siguiente y finalmente a la Oración entera. Entonces “dará muchos frutos” y “si mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis” (Jn.15, 7-8)

Esa unión tan intima y fecunda como lo es la cepa y sus sarmientos, forjada por la Palabra, se enraíza y se apoya constantemente en los datos objetivos de la Tradición para ser verificada por ella y tener sus criterios. De estos últimos, señalamos algunos puntos de mayor relevancia para iniciar nuestra meditación personal que no termina jamás…

 “SEÑOR”

“Jesús es Señor” es una revelación y no una confección humana (Rom.10, 9). Es el Nombre que revela perfectamente el misterio de Cristo, Hijo del hombre, nacido del hombre, e Hijo de Dios, nacido de Dios. Y la unión de ambos se hace en nosotros cuando, al ser visitados por la gracia del Espíritu de Dios, nuestros labios de hombre, nuestra inteligencia y nuestro corazón logran decir de Jesús que es “Señor”.  En efecto “nadie puede decir Jesús es Señor si no es movido por el Espíritu Santo” (1 Cor.12, 3).

Se trata pues aquí de algo más que de una “formula” o de una oración cualquiera: la Oración de Jesús es un acto, un acto a la vez profético y político. “Profético”, pues al decir “Señor” soy inspirado por el Espíritu Santo al igual que los profetas. Y “Político”, porque en ello me comprometo a vivir una página enteramente nueva de la historia. El hombre que vive estas dos dimensiones, entra en el Señorío de Jesús y se vuelve con Él hijo por la gracia.

La Oración de Jesús es en ese sentido un acto, como lo vemos, inseparable en sus términos. Más, la palabra “Señor” es su preámbulo sin el cual no puedo ahí acceder. Antes de penetrar en el Santo de los Santos que es el nombre de Jesús, debo descalzarme como lo hizo Moisés ante la Zarza Ardiente (Ex.3, 3-5), quitarme las “sandalias” y los “recovecos” de mi pequeño yo.

¡Pues ahí se trata primero de una relación única y privilegiada!

Si Jesús es Señor, Él no viene simplemente así por cualquiera. Nada subsiste fuera de Él y todas las cosas sin excepción no existen sino en Él (Col.1, 16-17). Si Él es por lo tanto realmente “Señor” para mí, yo acepto a mi vez entrar con Él en una dependencia absoluta e incondicional. Ello orienta totalmente mi voluntad en el espacio y en el tiempo. ¡Nada ahí escapa! Me recibo de Él a cada momento como el aire que respiro y nada haré por mí mismo o bajo otras impulsiones sin traicionarlo… Él es Dios, Fuente de mi vida, y mi vida es su Reino donde siendo Señor, Él tiene todos los derechos. En mí, no debe haber nada que Le sea extraño, todo en mí es “de Él, por Él y en Él”.

Es aquí que se verifican y son pasados por tamiz las inclinaciones de mi corazón y la autenticidad de mi Oración. ¡Cuantos señores tengo en mi vida! ¿Cuáles son mis preferencias secretas, que es lo que me nutre y me vivifica? ” ¡Ahí donde está tu tesoro, está tu corazón!” (Mt.6, 21), comprobación tal vez cruel pero necesaria para salir de mis ilusiones: Jesús no es el Señor de mi vida…

Pues todo se inicia por este test en que tal como Abraham, tendré que descubrir cuál es mi Isaac “a quien amo” para ofrecérselo a Dios y ser libre de toda dependencia. (Ge. 22, 1-19). Abraham murió realmente el día de “Su” sacrificio, más es  asimismo el día en que nació a la Vida y fue “ Padre de todos los creyentes”, es decir engendró él mismo a esa Vida a una “descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo”… ¡No hay verdadera fecundidad fuera de aquella!

Decir de Jesús que es “Señor” significa una muerte para nosotros. Hay que morir a todo lo que no es Él y que ocupa indebidamente su lugar en nuestro corazón. Los primeros cristianos que son nuestra norma, no vacilaban, como dignos “hijos de Abraham”, en llegar hasta el fin. En aquél entonces, la palabra “Señor” era, entre los judíos, reservada sólo a Yahvé y entre los romanos, sólo al Emperador. Adjudicárselo a otra persona era merecedor de la pena de muerte. Es así como se iniciaron los tres siglos de martirios. Todos los que pedían el Bautismo en Nombre de Jesús y lo reconocían como Señor eran perseguidos. Por Él, aceptaban y además con alegría, de sufrir y morir.

En ello radican nuestros cimientos, los de la Iglesia y los de cada cristiano en particular. El acto que inicia la Oración de Jesús, es normativo a través de todos los siglos, es una decisión que concluye con el bautismo de sangre. Hoy en día con certeza histórica y una certeza de fe que al decir a Jesús “Señor” voy a morir por Él. “Cada día muero” dice San Pablo, pues “para mí,  la vida es Cristo”. (1 Cor.15, 31 y Fil.1, 21)

La decisión de vivir o de morir es la base del acto de la Oración, más le da también su estilo. Me inicio en ella con reserva e inmensa humildad, sin el menor asomo de triunfalismo u orgullo de un saber. Todo mi ser se prosterna interiormente ante este Santo Nombre, con ternura y afecto para adorarlo, más a su vez con el mismo estremecimiento sagrado que tenían los judíos al pronunciar el Nombre temible de Yahvé.

Esta humildad será tanto más grande en cuanto le permitirá al “Señor” actuar con potencia y quebrantar en mí y en torno mío el imperio de todos los falsos dioses. Negar que el Emperador era “Señor” suscitaba un acto político. Es así como hoy en día y tal vez más que nunca en el seno de una sociedad de consumo, nada ni nadie fuera de Él, el Señor Jesús, puede satisfacer mi sed que es sed de Dios.

De ese hecho, toda política que no busca sus razones en la dimensión espiritual es opio para el pueblo y lleva en sí sus mascaras mortíferas. Uno de los actos más prodigiosos que haya inscrito Jesús en la historia en tanto “Señor” era el lavado de los pies de sus discípulos. “Me llamáis Maestro y Señor y decís bien pues lo soy. Si os he lavado los pies, Yo el Señor y el Maestro, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros”. (Jn.13, 1-20)

El Señorío de Jesús se manifiesta aquí como un golpe asestado a la raíz de todos los sistemas y de toda autoridad, de todo el orden o desorden establecido y a su vez de toda existencia individual que no se pone de rodillas ante el hombre para servirlo, sobre todo si se trata del más “pequeño”. (Mt.25, 31-46)

 “JESÚS”

Desde la llegada de Jesús la historia es un templo, templo de su misteriosa Presencia; es sólo ahí  que encuentra su sentido y se vuelve finalmente Historia y se realiza en Él, “El liberador del mundo” (Tropario del día de la Ascensión). Es el sentido etimológico de la palabra “Jesús” que significa “Salvador” o “Liberación”, “Salvación”.

Los profetas ya lo anunciaron como siendo Aquél que llevaría toda nuestra carga, pues en Él “Dios está con nosotros”, Emanuel. (Is.53, 7-14 y Mt.1, 23). Por eso este “Nombre está sobre todo nombre, para que el Nombre de Jesús toda rodilla se doble, en los Cielos, en la tierra y en los abismos” (Fil.2, 9-11).

En Navidad, Dios entra en la historia en la persona de un hombre llamado Jesús, en un tiempo preciso, y en un paraje, Belén en Judea.

A partir de la Ascensión y Pentecostés, Dios está presente a través del mismo Jesús ante toda la historia, en el corazón de todos los hombres, de todos los tiempos y de todos los países: “El Alfa y el Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin, Rey de Reyes y Señor de Señores “(Ap. 22, 13 y 17, 14).

Jesús centro de mí mismo y centro del universo: al nombrarlo me encuentro en el punto incandescente de todo lo que existe y de toda transformación. Más para alcanzar a Jesús hay que entender primero su pregunta: “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo” (Mt.16,15) y mi vida que balbucea la respuesta debe siempre remitirse al Evangelio en que el Jesús de la historia me revela la manera de obrar de Dios: “Aprended de mí …” dice. (Mt.11, 29)

Conocerlo al familiarizarme con el Evangelio me permite reconocerlo en el fondo de mí mismo, en la intimidad del cara a cara que ninguna enseñanza puede reemplazar. Sólo la experiencia personal nos dirá verdaderamente quién es Jesús. Si este conocimiento llega a ser el supremo interés de mi vida más allá de mis problemas e incluso de mis pecados, la belleza de Jesús me sobrecogerá por entero, ella es el secreto de mi metamorfosis.

Conocerlo es entonces renacer siempre y continuamente hacia planos de conciencia siempre desconocidos, sanar de todos los males, siendo que tal vez uno sigue enfermo y lleva los estigmas de la caída; es asimismo escapar de todos los espíritus bajo el cielo, y verse librado de los peligros y de la muerte. No hay problema o preocupación que no tenga en Él su respuesta: Jesús no nos salva de una vez para siempre sino a cada instante. Jamás estoy solo y todo puede tener transparencia y luz en Él si lo tengo siempre presente. Es ahí, en el corazón del hombre que se inicia asimismo la transformación del mundo. Lo social es una dimensión de la persona, el otro se convierte en hermano y sacramento de la divina Presencia para mí, siempre y cuando mi oración no sea mero humo de incensario.

Más, si es cierto que nadie puede decir de Jesús que es Señor sin el Espíritu Santo, nadie puede conocerlo sin Él, y aprender la manera de obrar de Dios sino por la acción conjunta de Jesús y del Espíritu en nosotros. Decir “Jesús” en la Oración, es recibir como Él la Unción del Espíritu que desciende con potencia sobre nosotros para “guiarnos hasta la Verdad completa” (Jn.16, 13). El Espíritu nos enseña a Jesús, pues Jesús es Cristo, es decir Ungido por el Espíritu. (Hechos 10, 38)

 “JESÚS CRISTO”

 En efecto, después de treinta años de silencio, al hablar Jesús por primera vez en público y al estar “todas las miradas puestas en Él” en impaciente espera, la primerísima palabra que pronuncia es “El Espíritu de Dios está sobre mí” (Lc.4, 16). Es cuando “llegó la plenitud de los tiempos” (Gál.4, 4). En Jesús estalla la esperanza de los pobres quienes durante los milenios del Antiguo Testamento trataron de nombrar esa innombrable Fuerza que anima todo: “viento, soplo, hálito de vida…”. Hela aquí que se revela libremente en la persona de Jesús, no encontrando en Él negativa ni obstáculo, y muestra finalmente su verdadero rostro con la venida de Cristo. A través de la mirada, los gestos, la palabra, toda la vida y acción de Jesús hace levantarse un verdadero huracán que esclarecerá el pasado y abrirá una era totalmente distinta. Esta Fuerza, este Soplo tiene en lo sucesivo un nombre: ¡el Espíritu del Señor Jesús!

Nadie hasta entonces había poseído el Espíritu como Él, “más allá de toda medida” (Jn3, 34), pero ahora cada hombre es invitado a vivir en la misma transparencia (Jn.3, 5). Desde el primer instante el Espíritu mora en Jesús, desde el seno materno “que el cubre con su Poder(Lc.1, 35) hasta su resurrección de la que Él es el dinamismo.

Toda su vida transcurre movida por el Espíritu: durante su bautizo en el Jordán, el Espíritu revela al mundo que Jesús es realmente el Mesías prometido (Lc.3, 22) el Cordero ofrecido en sacrificio por nuestros pecados (Jn.1, 29) y el Hijo amado del Padre (Mc.1, 11), luego “colmado del Espíritu Santo, Jesús es conducido al desierto” (Lc.4, 1). Se inicia su misión: bajo ese poderoso impulso, se enfrenta con el demonio, libera a sus víctimas (Mt,12,28), opera milagros y derrota el mal y la muerte, habla con “autoridad”, y por todas partes manifiesta una extraordinaria familiaridad con Dios su Padre del que Él devela así la manera de ser…Es también en el Espíritu que Él “se llena de gozo” (Lc.10,21), que llora y se estremece (Jn.11,33), que se siente turbado (Jn.13,21)…Y finalmente al momento de morir cuando “entrega su espíritu”, su último soplo preludia el derramamiento del Espíritu sobre toda la humanidad.

¿Cuál es la conducta de Dios oculta bajo esos hechos y milagros de Jesús, que anuncia Él?

¡La libertad! Su Nombre, Salvador, Liberador, y su mensaje se confunden; “El Espíritu de Dios está sobre Mí… Él me envió para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para devolver la libertad a los oprimidos” (Lc.4, 18)…Pues “donde está el Espíritu, ahí está la libertad”, (2 Cor.3,  17) y Jesús sólo anuncia de lo que Él mismo es poseído.

Su horizonte es a tal punto despejado, libre, que desconcierta con respecto a todo lo establecido, hace tambalear la prudente lógica y los audaces cálculos. En un mundo en que los más fuertes consolidan su poder para oprimir más a los pequeños y dejarlos a un lado, desde el imperialismo romano hasta el patronato agrario, su soberana libertad declara: “Bienaventurados los pobres de espíritu, los misericordiosos, los que tienen hambre y sed de justicia”. (Mt.5, 1-11)

En una religión en que los propios responsables son “hipócritas y mentirosos” (Mt.23), en que la ley del talión está aún vigente e impera el odio que hace prevalecer todos sus derechos, Jesús pone el amor por encima de todo, pues la libertad es hija del amor. Más, el colmo de la libertad es el amor a los enemigos. “Pues Yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen para que seáis hijos de vuestro Padre celestial” (Mt.5, 38-48).

Prodigiosa libertad del perdón, amor loco a los hombres que lo conducirán a la muerte en la Cruz, pero Él acoge su propia muerte en un supremo acto de libertad. Verdaderamente “ha escogido Dios más bien los necios del mundo para confundir a los sabios” (1 Cor.1, 27)

El anti conformismo de Jesús es absoluto. El afina sin cesar la conciencia de sus allegados petrificados en las leyes e instituciones que destruyen la vida. Maestro errante, sin dinero, “sin una piedra donde reclinar la cabeza” (Mt.8, 20), gustando de las reuniones alegres y de la compañía de los pecadores, (Mt.9, 9-11) totalmente independiente frente a todas las presiones y coaxiones, rompiendo con todas las cadenas que atañen la propiedad y el interés personal; Él pasa inasequible y libre como el Soplo, a través de todas las estructuras complejas del deber y las obligaciones.

Jesús desafía la esclavitud en toda su extensión. Para Él, si el dinero significa caer en la esclavitud hay que rechazarlo (Mt.6, 24), si la mano o el ojo priva al hombre de su libertad, debe arrancárselos (Mt.5, 29-30). Pese a haberse quedado junto a su Madre mucho después de llegar a la edad adulta, parece someter a discusión los lazos de sangre y de parentesco a favor de una nueva comunidad en torno a su Palabra. (Mt.12, 46-50) Rehúsa todas las exigencias incondicionales que vienen del exterior a acallar el Espíritu, (Mc.2, 27) incluso el deber de ser bueno, pues Dios acepta al hombre tal como es y su amor no depende de nuestra bondad. (MT: 5,45) Más aún: los méritos pierden valor a sus ojos, pues Dios “dispone de sus bienes según le place” y no da salario alguno” (Mt.20, 15), ni código para ordenar o condenar.

Semejante actitud de libertad significa una amenaza para todos los principios y sistemas religiosos cualesquiera sean éstos. Jesús prendió fuego a la ley y encendió el del amor. Así “el fin de la ley es Cristo” (Rom.10, 4), así como Él es asimismo el fin de toda religión. “La religión es necesaria cuando hay un muro que separa a Dios del hombre. Pero Cristo, que es a su vez Dios y hombre, derribó el muro que los separaba, trajo una nueva vida, no una nueva religión”. (A. Schmemann)

Si  por su Encarnación Dios se volvió uno con el hombre, ¿qué es en efecto lo que se debe unir? “El pecado consiste en que el hombre piensa en Dios en términos de religión, es decir oponiéndolo a la vida” (Jn.4, 19-21,23). Es exactamente este desafío que trata de plantear la Oración de Jesús, al suscitar “adoradores en el espíritu y la verdad… tales como los quiere el Padre”.

Más, en la vida de Jesús todo culmina finalmente con el extraordinario trastorno y el cambio radical que introduce su resurrección de entre los muertos. Lo que ahí aparece es un porvenir para el hombre, una libertad que llega a dar vértigo: la libertad no sólo con respecto a las injusticias del mundo o contingencias de nuestra vida cotidiana, sino con respecto al poder de la muerte presente en el seno de nuestra vida.

Para los que saben a través de la Oración, tomar conciencia de esa deslumbrante realidad, la angustia frente al porvenir perdió su razón de ser; Dios en Jesús Cristo franqueó el abismo de la muerte y de todas nuestras muertes. El nos saca desde ahora, y a cada invocación, fuera de nuestros infiernos hacia un proceso de una nueva creación del universo y de nosotros mismos

La Pascua de Cristo es la eterna juventud del mundo, es nuestra juventud vuelta a encontrar, no como un recuerdo sino como un porvenir. Toda la vetustez del mundo es abolida, la eternidad está en el corazón del tiempo, el sufrimiento y la muerte son absorbidos por la vida y el sentido último de todas las cosas es revelado en la Luz y el esplendor que brota del rostro del Resucitado.

Según los Padres, Jesús resucitado es como un “carbón ardiente” donde ha penetrado el fuego increado de la divinidad y cualquiera que entre en contacto con Él a través de la Oración se sentirá a su vez abrazado por ese fuego, arrebatado de los límites de su yo terrestre, purificado y transfigurado poco a poco por la misma gloria, encendido por el Amor del Señor resucitado y consumido por su Gozo… Todo está en lo sucesivo en nuestras manos: si aceptamos ese Don, nos volvemos con Él, el Hijo único, como “hijos de la Luz”. (Jn.12.36)

 “HIJO DE DIOS”

 La Oración de Jesús nos hace penetrar en su densidad trinitaria. Proclamar a Jesús “Señor” y “Cristo” va siempre acompañado de ese increíble sobrecogimiento por el Espíritu que acabamos de esbozar. Pero agregar ahora que Él es “Hijo de Dios” es entrar en el misterio de la “Patri-filiación”: Jesús Cristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes del inicio de los tiempos; Luz de Luz, verdadero Dios de verdadero Dios, engendrado, no creado, consustancial al Padre.

Pronunciar el Nombre de Jesús es sentir en parte esta relación única entre el Padre y el Hijo y posarse en el propio corazón del Padre del que nada se sabe con excepción de la única  palabra que Él pronuncia de toda eternidad,” Jesús”. (Jn.1, 1)

Ahí, en el corazón del Padre, recibo a Jesús en su Fuente, Lugar matricial donde Él se origina misteriosamente desde siempre y yo me recibo con Él: el Padre engendra sin cesar a su Hijo por naturaleza y Él me engendra con Él por la gracia. Es una misma filiación, y he aquí porqué soy creado “a imagen de Dios”. Jesús es mi “molde” y por lo tanto “el mayor de una multitud de hermanos” (Romanos 8,29).

La Oración, al hacernos penetrar cada vez más en la conciencia filial de Cristo, nos coloca ante el increíble sentido último de nuestra existencia, “lo que ni el ojo  vió,  ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman”… (1 Cor.2, 9) (Is.64, 3), y sin embargo esa Plenitud la llevamos ya en nuestros labios, ella es nuestro único Camino. “Camino” que es el propio Jesús, pues “nadie va al Padre sino por Mí” (Jn.14, 6-11)

Y uno comprende entonces la invectiva de Jesús contra los que toman otras filiaciones, otros caminos como fuente de su vida: “El que no odia a su padre, a su madre, a su mujer…”  y “Vosotros sois de vuestro padre el demonio” (Lc.14, 26) y (Jn.8, 44)

Basta ojear el Evangelio para constatar hasta que punto la presencia del Padre estaba constantemente en el corazón y el pensamiento de Jesús así como su Nombre estaba siempre presente en su palabra que finalmente todo su ser era el reflejo del Padre: “El que me ha visto ha visto al Padre… Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí” (Jn.14, 6)

Jesús invocaba siempre el Nombre de Dios: “Abba” -padre en arameo-  era su constante oración, que devela parte de esa inconcebible intimidad. (Mc.14, 36)

Más el Espíritu, dice San Pablo, susurra también constantemente la misma invocación en el corazón de todo bautizado: “¡Abba! ¡Padre!” uniéndose a nuestro espíritu para testificar que somos hijos de Dios. (Rom.8, 15 y Gál.4, 6)

Al poner en nuestro corazón la oración que Jesús no cesa de decir a su Padre, el Espíritu nos hace conformes a Jesús, en lo más profundo de su vida interior, hasta el punto de poder decir del Padre de Jesús “Padre Nuestro”, con la conciencia de ser amados del mismo amor con el que Dios envuelve a su Hijo único y nos hace semejante a Él. (1 Jn.3, 1-2)

La Oración de Jesús realiza aquí su verdadero programa, revelándome que el fondo de mi ser surge a cada momento del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. La Vida de mi vida es la Divina Trinidad, en Ella somos vitalmente injertados al igual que brotes en un tronco. (Rom.6, 5)

Si somos los hijos de un mismo Padre, somos asimismo una humanidad de hermanos: “Todo el que ama a Aquél que ha engendrado ama al que ha nacido de Él.(1 Jn.5, 1) He aquí el primer fruto de nuestra deificación es el crecimiento en el amor y en el gozo. En ello se verifica la autenticidad de nuestra Oración, la prueba de que progresa nuestra deificación.

Sobre este punto San Juan es formal: “El amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quién no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn. 4, 8). El amor es el origen y la finalidad de la vida, nacer de Dios y conocerlo…”Quién permanece en el amor permanece en Dios”. (1Jn.4, 7-16)

Amar es hacer la experiencia de Dios. La gran revelación del cristianismo es esta indescriptible experiencia que le es ofrecida a cada uno y se inicia al instante mismo en que decido creer en ella y amar, sin por ello experimentar aún sensación psicológica alguna. “Quién confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios”. (1Jn.4, 15) Ello es instantáneo y  objetivo, es en este Amor Divino que resplandece el rostro de la Divina Trinidad.

Porqué Dios no es la yuxtaposición de Tres Personas divinas no es ella misma sino su función de las Otras dos, por y para Ellas. Perfectamente uno y perfectamente distintos, Comunidad y Personas. Así el Padre no es Padre sino al darse totalmente al Hijo, y el Hijo no es Hijo sino al ser enteramente uno hacia el Padre. “El ser uno se pone en movimiento y coloca al Otro” dice San Gregorio de Nacianzo.  Es el acto de engendrar al Hijo que constituye al Padre como Persona.

Cada Persona tiene una total reciprocidad con la Otra. Y según los Padres, y en particular los Santos Dionisio y Basilio, el Espíritu Santo participa en el generar del Hijo, así como el Hijo participa en la “procesión” del Espíritu. Todo es siempre uno y tres a la vez en el seno de la vida divina: “cada una de las Tres Personas contiene a las Otras dos, y es la eterna circulación del Amor intra-divino”. (P. Evdokimov-La novedad del Espíritu)

En ninguna otra parte en efecto, aprendemos a vivir y amar. Amar es ser y vivir para el otro y por el otro, no por sí mismo y para sí mismo. Todo hombre así como todo Dios se encuentra en el don y la acogida; el fondo del ser, de todo ser es amor, comunión. Fuera de ello, no hay sino tinieblas… La persona en nosotros, es decir lo que hace que un hombre sea un hombre sólo se despierta amando, o sea, en el acto de engendrar a los demás, de engrandecerlos, de reconocerlos, de nacer con ellos.

Para amar como las Tres Personas divinas, hay que ser uno mismo y desear que los demás sean plenamente. Decir “¡Tú!” al otro, encontrando en él nuestro gozo, es obrar para su promoción y nuestra abnegación. Lo que se aplica al individuo se aplica asimismo a los países, a las razas, a las civilizaciones y a las Iglesias…  No hay otro programa social y político o comunitario que no sea la vida de la Divina Trinidad, y tampoco forma de vivir más elevada a la que pueda acceder el hombre; ¡asemejarse a Dios! “Que sean todos uno como tú, Padre, eres en mí y yo en ti para que ellos también sean uno en nosotros… Les he dado la gloria que tú me has dado, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad…” (Jn.17, 21)

 “TEN PIEDAD DE MÍ,  PECADOR”

 Es a esta vida que recurro ahora de manera explícita: “Yo, el pecador”, pues la versión en griego lleva el artículo. No  puedo decir de cualquiera que es pecador sino sólo de mí mismo. Estoy ante Dios como una persona única, en ruptura con mi filiación divina; recibiéndome de otras fuentes, alimentándome en otra parte que en Dios, hago de mi centro más interior un foco de división que da origen a todas las divisiones del mundo. Ahí en mis raíces secretas, soy responsable y solidario.

La esquizofrenia universal al exterior es el resultado de mi separación con Dios en el interior de mí mismo. En mí, todo es división: mi inteligencia es una atomización de pensamientos e imágenes disparatadas, en profundo desacuerdo con mi corazón, que por su lado, es asediado por las pasiones; y en medio de este marasmo, está mi voluntad que vacila y titubea entre el llamado de Dios y las seducciones del demonio… Cada uno, escribe C.G. Jung, guarda en sí mismo su crimen estático… El crimen lo sufre en parte cada uno, y cada uno a su vez en parte lo cometió… ¡Si sólo los hombres pudieran darse cuenta del enriquecimiento que obtendrían al reconocerse cómplices de todo lo que sucede! ¡Adquirirían un nuevo sentido de honestidad y honor! (G.Maloney-Dios es el soplo del hombre)

“Yo, pecador” es por lo tanto lo contrario de un replegarse egoístamente en sí mismo: la conciencia aquí se agudiza puntuando la responsabilidad personal y colectiva que son inseparables. La comunidad humana es el reflejo de la persona. No me escondo entre la multitud de pecadores justificando mi culpa por la culpa de todos, “mi pecado está constantemente ante mí, contra Ti, sólo contra Ti,  he pecado”. (Sal.51, 5-6)

Cada uno de mis pecados es único y me separa de Tí.  Este reconocimiento visceral no es falsa culpabilización que no sería sino orgullo decepcionado, más es apertura del corazón a Dios y por ende a los demás.

“Yo, pecador”, es un arranque de humildad que reclama la ternura de Dios y se sitúa entonces sin engaño en el seno de un “nosotros”, incluido por cierto en la Oración. Puedo llevar el pecado del mundo ante Dios porque le llevo primero mi pecado personal…

“Ten piedad”: este clamor de desamparo al expresar con toda verdad el reconocimiento de mi pecado, abre literalmente las “entrañas” de Dios. Toda la Biblia da testimonio de ello, desde los orígenes hasta la muerte de Cristo en la cruz por un amor loco hacia el pecador que se arrepienta. Es toda la historia de nuestra salvación, Y es sólo en este prodigioso contexto que podemos captar en parte lo que significa “ten piedad” para dejarnos fluir por la Oración en el movimiento mismo de la redención.

La palabra griega “eleison”, traducido al castellano por “piedad” nos lleva la connotación ambigua del lenguaje popular, Viene del hebreo “hesèd” que significa “misericordia”: yo soy para Dios “un hijo tan querido, tan predilecto… que Él lo recuerda siempre, y por él rebosa de ternura” (Jer.31, 20)

Esta infinita misericordia es el rostro mismo de Dios tal como nos lo quiso revelar por su Santo Nombre, en el Monte Horeb: “He visto la miseria de mi pueblo… he escuchado su clamor… Conozco sus angustias… he venido para liberarlo.” (Ex.3, 7)

Al mismo tiempo y con el mismo gesto Dios se define “El que soy” y Aquél que libera. “Si Él Es para siempre jamás, quiere decir que Él Está para siempre jamás para salvar.” Al pedir Moisés piedad y perdón para su pueblo apóstata, Dios identifica su Nombre con la misericordia: “Yahvé, Yahvé es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad”. (Ex.4, 6)

Decir “ten piedad” es pues llamar a Dios por su verdadero Nombre. Es incluso alcanzarlo, si se puede decir, en su punto más sensible, en su fibra materna, puesto que el término original y que lo encierra todos, tales como ternura, generosidad, bondad, misericordia, etc. Es “rahum” cuya raíz significa “seno materno” y “entrañas”, término que vuelve constantemente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento

En su ternura misericordiosa, Dios se manifiesta a la vez como un Padre, un Esposo, una Madre que exclaman: “mi corazón está en mí trastornado y a la vez se estremecen mis entrañas” (Oseas11, 8)  Él no resiste a la oración del que dice: “¿Dónde está la conmoción de tus entrañas y tu compasión?” pues tan pronto “con gran compasión te recogeré, con un amor eterno te he compadecido”. (Is.63, 15 y 54, 7-10)

Más este amor loco e inconcebible de Dios por el hombre que le ruega, no irradiará sino con el advenimiento de Jesús. Él es en persona el rostro de misericordia salido de las “entrañas de ternura de nuestro Dios” (Lc.1, 78), en respuesta a nuestra Oración. El sentido primitivo de “rahum” y de su raíz “rahamim”, según Andrés Neher, es de una intraducible riqueza, tiene un sentido mucho más profundo del que expresa la palabra “misericordia”: “conduce al secreto de la unidad que es asimismo el secreto del amor… Bajo el dosel eternamente nupcial del amor-matriz que evoca “rahamim”, los seres están unidos en una co-presencia inquebrantable” (A. Neher-“El Evangelio de la Misericordia”)

Palabra que ya anuncia su realización al hacerse carne en la persona de Jesús Cristo en el que Dios y el hombre se unen en un mismo Amor: “En la matriz materna se fundamenta y se prolonga, se fecunda y se abre el misterio más oculto pero a su vez el más evidente de la creación” (A. Neher-“El Evangelio de la Misericordia”)

Jesús Cristo es el principio y el fin de toda cosa, la matriz, “el Hombre Nuevo” que “hace todas las cosas nuevas” (Ef.2, 15 y Ap.21, 5) “Si alguien está en Cristo, es una nueva creación: el ser antiguo desapareció, un nuevo ser está ahí”. (2 Co.7, 17)

He aquí él por qué “ten piedad” es el clamor que elevan hacia Jesús a través de todo el Evangelio, todos los pobres, los pecadores, los leprosos y los ciegos, los enfermos de toda clase y los poseídos… En resumen, el que soy y necesita ser recreado. “Ten piedad” es el verdadero Nombre de Jesús, El que salva. “tengo compasión de esta gente” dice (Mt, 15, 32) y en efecto, Él está siempre conmovido al ver la desgracia. Los Evangelios nos muestran a Jesús repetidas veces conmovido hasta las entrañas, sobrecogido por una emoción incluso física, irresistible, como un reflejo inmediato de compasión. (Mt.9, 36, Mc.1, 41, Lc.7, 13, Jn.11, 38 etc.)

Y es así como  describe Él, el corazón del Padre que ve a lo lejos regresar al hijo pródigo. Ante la súplica de compasión, el Padre “es sobrecogido de compasión” tiene “conmovidas las entrañas”; cuando el hijo “se encontraba lejos aún”, sobre todo espiritualmente, “el Padre va corriendo a su encuentro, se echa a su cuello y lo besa efusivamente”. Y en una formidable explosión de alegría, el Padre manda a preparar el festín, la música y el baile. Festín nupcial por cierto, puesto que se trata de una alianza, de la unidad (“rahamim”) vuelta a encontrar; acaso no le pone “el vestido más hermoso y un anillo a su dedo” (Lc.15, 11-32)

Sin duda, no existe texto más bello en toda la literatura universal de la humanidad…

Al describir el corazón de su Padre, Jesús se describe a sí mismo. Y esta conmovedora Alegría de Dios por su creatura que se arrepiente, la llevará Jesús a su Plenitud por la resurrección. El pecador lavado por la sangre de la cruz, participa desde ahora de este Gozo divino: “Entra en el Gozo de tu Señor” (Mt.25, 21). Pese a ser pecador, es salvado; su vida ya no es la de un condenado a muerte, sino la de un resucitado, ella es un festín, una música y un baile… Esta semejanza con Dios le dará entonces “las mismas entrañas de misericordia” con las que “se revestirá”  (Col.3, 12) a su vez para encarnar a Cristo y su obra en el mundo. Pues “nosotros también debemos dar la vida por nuestros hermanos…Si alguno ve a su hermano padecer necesidad y le cierra sus entrañas, ¿Cómo puede permanecer en él amor de Dios? (1 Jn.3, 17)

El amor llama al amor, a la unidad y a la semejanza: “Sed misericordiosos como vuestro Padre Celestial es misericordioso” (Lc.6, 36). Fuera de ello no hay “perfección” ni “felicidad” (Mt.5, 7 y 48). La Oración de Jesús se verifica plenamente aquí en que el gesto de las manos se une al sobrecogimiento del corazón. El sacramento interior que es la Oración se convierte en sacramento del hermano: “¡En Nombre de Jesús Cristo levántate y camina!” (Hechos3, 6)

Al final de este libro volvemos a encontrar la profecía de Joel que lo iniciaba: “Todo el que invoque el Nombre del Señor será salvo” (Joel.3, 5). Todos los que reconocen en Jesús la perfecta realización de esta profecía son sus discípulos y sus hermanos y con Él constituyen un solo cuerpo: es la agregación a la comunidad mesiánica anunciada por los profetas, “la asamblea de los primogénitos inscritos en los Cielos” (Hebreos.12, 22-23), la Iglesia.

En el seno de la humanidad desamparada, la Iglesia es el sacramento del resucitado, levadura en la masa y lugar para reconocer, donde, respetando siempre la trágica libertad de cada uno, ella ora para que todos sean salvados: “¡Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador!”.

 

Extraído de la “Oración de Jesús: Oración del corazón” de Alfonso y Raquel Goettmann

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