El Hombre nuevo

EL HOMBRE NUEVO

… El perfeccionamiento del hombre debe estar precedido por el descenso de Dios. Es decir que hay que ir a la iglesia ante todo para buscar a Dios y no para buscar la comunidad.

Es preciso mirar a Dios de frente y al prójimo de perfil, como decía el obispo Jean. La biblia lo llama “marchar ante Dios” Esta actitud provoca dificultades muy grandes; sin embargo es preciso el trabajo sobre nosotros mismos. De este modo no tendremos tiempo de juzgar al prójimo; o bien, lo juzgaremos de otra manera.

Hay necesidad de sentirse como un grano, pequeño en el todo, pero no es preciso ser una pequeña comunidad específica. La Iglesia es débil. Los fuertes están fuera de ella. Cuanto más humilde seamos, más universales seremos, pues Dios va al encuentro de esa humildad y eleva al hombre. En realidad, la raíz de todas  las perturbaciones en este campo del alma es la compasión por sí mismo, la autofilia, la tiranía del yo. El amor propio alimenta esa dificultad.

El trabajo sobre sí mismo para vencer la turbación del alma debe ser lo más simple posible. Podemos, por ejemplo, repetirnos frases tales como “yo no existo, Dios existe” o “Dios es el centro del mundo, no yo”

Además, hay que centrarse en lo positivo de uno mismo y de los demás y no en lo negativo. Así crece el hombre nuevo. Comportarse de este modo puede significar un riesgo: el riesgo de establecerse en la pureza. Como si todo se nos debiera. Pero nada se nos debe. ¡Dios es gratuito!

La actitud correcta cuando proyectamos la visión del hombre nuevo, es, por ende, cultivar la tensión justa entre ese “mundo nuevo accesible-don gratuito de Dios” y “la dignidad que pretende llegar a él”. El que no sienta la gratuidad del acto divino, no puede crecer espiritualmente.

La confesión de los pecados permite cultivar en sí mismo la actitud de tensión entre la gratuidad y la indignidad. Efectivamente: Dios no humilla al corazón contrito.

El deseo de ver a Dios y de experimentar la santidad nace en un alma libre de distracción, en un alma pura y simple……

Monseñor Germán de Saint Denis (1987)

 

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