Las tres capas de la Iglesia

 

transfiguraciónEn el centro de la Transfiguración, se encuentra la manifestación de la Divina Trinidad: el Hijo, la voz del Padre, la nube que los cubre y que lleva al Padre  y al Hijo y que es llevada por ellos: el Espíritu Santo. Los tres están en la Luz inasible, increada, de la cual las Escrituras dicen: “Dios vive en la Luz inaccesible”.

Sin embargo, hoy yo no quiero hablar de la Luz, de la Divina Trinidad (de los Tres iguales en Uno), sino de otra tríada, compuesta por tres desiguales y que, en cierta manera, coexisten.

Ya el Apóstol Pablo dice: “Que el cuerpo, y el alma, y el espíritu sean santificados”. Pablo distingue una escala de tres: el cuerpo, el alma, el espíritu.

Alrededor del Cristo, el Evangelio nos presenta otra tríada: Moisés, que viene de los infiernos, de la morada de los muertos; Elías, que viene del paraíso; los apóstoles que están, en la tierra. Los tres mundos están representados, porque ha estallado la Luz de la Gloria divina.

Pero hoy, quiero insistir sobre una tríada que, directamente concierne a la existencia de la Iglesia.

El Cristo ora: su rostro se vuelve más brillante que el sol, sus vestidos más relucientes que la nieve, y habla con Moisés y con Elías. Todo es espiritual; todo está transfigurado. Los apóstoles que duermen nos recuerdan que todo sucede durante la noche, que el Cristo oraba durante la noche, que la Transfiguración tiene lugar durante la noche.

En efecto, el Cristo se retiraba cada noche, a las seis, para orar. Esta es la primera capa: la Iglesia orante, iluminada, que vigila.

Segunda capa: la de los apóstoles: Pedro, Juan y Santiago, que están amodorrados. De pronto, a causa de la Luz, se despiertan y ven la Gloria: la capa superior de la iglesia penetra y se revela a ellos. Pedro tiene una reacción material; quiere construir tiendas, “fijar” la Gloria Divina por una constitución, una organización, en un lugar, por una teología escolástica. Los tres están deslumbrados, aunque Pedro no esté a la altura de esa manifestación. Tienen la revelación de la Trinidad, y el Evangelio dice que guardan silencio sobre lo que habían visto.

Estas dos capas se sitúan en la cima del Monte Tabor.

Después el Cristo vuelve a la llanura. Encuentra a los otros nueve apóstoles, a sus discípulos, y a la muchedumbre. Les habían traído un poseído, pero los apóstoles no pueden echar al demonio. Ante su incapacidad, el Cristo está decepcionado y pronuncia palabras amargas: “Oh raza incrédula y perversa ¿hasta cuando tendré que soportaros” (Lc.9-41). Esta es la tercera capa.

trans3Estas tres capas están siempre presentes en la iglesia histórica. El alto nivel espiritual donde en la Luz inaccesible el Cristo conversa con Moisés, Elías, la multitud de santos cuyos nombres ustedes escuchan durante la liturgia, y todos los pueblos, todas las naciones que viven en la Luz del Cristo, velando con Él; lugar de vigilia y de oración, de sinfonías desconocidas, de seres iluminados, de los íntimos de Dios a quienes se manifiesta la Trinidad –de esa Iglesia se habla poco.

El lugar en que los que han subido alto no viven todavía en la Luz, todavía no tienen la fuerza de la vigilancia, sus impulsos son todavía humanos, pero son admitidos como testigos, tienen la revelación de la Luz.

La llanura, lugar de la incredulidad, de la ausencia de vida espiritual.

Al considerar esta última capa, uno se sorprende y dice: ¡Que falta de fe, de elevación, que chatura, que impotencia en el mundo, que debilidad ante el Maligno que quiere poseer a la humanidad!

Amigos míos, si ustedes ven a la Iglesia en el plano de la llanura, con sus obispos, sus presbíteros, sus fieles que no tienen la fe ardiente y menos aún la Luz, que no pueden nada contra el mal, no olviden que ese aspecto es la materia de la Iglesia.

El otro aspecto, el del alma, es el de los tres apóstoles, adormecidos pero en contacto con la Divina Trinidad. ¡Pero no se detengan ahí!

Pedro, Juan y Santiago son los que les pueden mostrar la tercera capa, la del espíritu, la Iglesia en la que Dios-Trinidad habla con los santos.

El Tabor luminoso, la montaña, el Hijo del hombre; la incredulidad, la llanura, el poseído. Y si ustedes se sienten turbados por él, recuerden que él también es obra de Dios, que está en el Cristo.

Hasta el fin de los tiempos habrá en la Iglesia el Monte Tabor en la Luz Divina y, abajo, en la llanura, los poseídos. Cuando llegue la plenitud de los tiempos, todos, hasta aquellos que están en el infierno, los poseídos, subirán para estar en la Luz del Cristo y conversarán con la Divina Trinidad, en esa plática eterna, amigable, de los íntimos del Dios inaccesible.

A Él la Gloria, Padre, Hijo, Espíritu Santo en los siglos de los siglos. Amén

Homilía pronunciada por Monseñor Jean de Saint Denis,

el día de la fiesta de la Transfiguración, año 1961

Extraído de la revista Fuentes nº4, año 1983

 

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