Simbolismo del Templo Cristiano

Simbolismo del  Templo Cristiano

 

Una de las causas de la decadencia religiosa de nuestra época, sobre todo en occidente, es que los representantes religiosos tratan  de definir y explicar la religión en lenguas inapropiadas a su naturaleza.

El lenguaje verdadero es el simbolismo, solamente el conocimiento de los símbolos puede abrir el contenido real y verdadero. Por el contrario las definiciones filosóficas, racionales, las formulaciones jurídicas, las disertaciones morales, las concepciones sociales y los análisis científicos, similares a profanos permanecen fuera de sus puertas sagradas.

El símbolo en acepción gramatical significa “poner junto” (syn-bal-lo). Poner junto lo que es sensible para manifestar lo que no es.

El símbolo es una forma, un medio de manifestar lo no sensible. Es la “Epifanía de un misterio”.

El símbolo presenta dos caras: el medio simbólico que es concreto, de percepción inmediata y el contenido en el significado, que muchas veces es solo intuitivo, pues hunde sus raíces en el misterio de la potencia cósmica que nos penetra de la vida- cuya realidad mas profunda se nos escapa de nuestra realidad personal que no acertamos a identificar plenamente.

A esta descripción del símbolo, se le pueden dar varias interpretaciones, de ella se puede sacar diversas conclusiones, según las disciplinas humanas a las que se aplique y según las personas que lo usen.

De todos modos, queda siempre el aspecto trascendente, invisible de la realidad y esta se manifiesta solo bajo el “velo del símbolo” como el hombre llega a la experiencia de sí mismo.

El “arte simbólico” extrae la unidad interior y profunda de la multiplicidad de los fenómenos de las armonías insospechadas del cosmos, armonías por las cuales nos acercamos al pensamiento divino. Este “arte simbólico” tiene también por meta la organización de los elementos y la transfiguración del mundo.

La teología ortodoxa nos enseña que el símbolo es el signo exterior y visible de la realidad interior e invisible. La imagen de la Proto-Imagen, y que cuando contemplamos la imagen entramos en contacto con la propia imagen.

Vamos a recordar algunas  ideas básicas:

La ciencia, llamémosla oficial, así como la filosofía racional, estudian al mundo siguiendo un método analítico, dirigido hacia una cierta síntesis.

La ciencia sagrada, más bien el “arte simbólico”, procede por método analógico para alcanzar el conocimiento de la unidad perfecta. Este último método está fundado sobre la analogía, la reciprocidad, la correlación simbólica de los fenómenos del universo.

Se constatan dos analogías, una horizontal y otra vertical. La analogía horizontal, religa, por ejemplo, los colores y los sonidos, los números y las letras, dándonos la posibilidad de decir, el color de los sonidos, la sonoridad de los colores o intuir a cada letra un número correspondiente y una forma geométrica a una frase o una palabra.

Estas manifestaciones tan diversas: colores, sonidos, letras, números, sin ninguna relación aparente entre ellos, fraternizan por analogía, y disimulan en su capa profunda la unidad.

La analogía vertical nos enseña que la existencia del mundo inferior es a imagen del Superior. Lo visible refleja lo invisible. Entonces la naturaleza material, aparece como un signo de realidades psíquicas que a su vez son símbolo de la vida espiritual, y esta última subsiste nada más  que por su semejanza con lo divino.

El método analógico atravesando las capas jerárquicas de los símbolos, nos conducen al conocimiento de Aquel de quien el apóstol Pablo dice:

“Todo es de Él, todo es por Él y todo es en Él.”

El Metropolita Filareto de Moscú verá el universo como una biblia-icono y escribía:

“Leer las palabras mudas de Dios inscriptas en la naturaleza”

El “arte simbólico” tiene también por meta la organización de los elementos y la transfiguración del mundo.

La teología ortodoxa enseña que los símbolos, los signos, las imágenes, son simultáneamente vehículos de fuerzas superiores, templos del espíritu, lo visible conteniendo a lo invisible. Entonces el símbolo expresa y contiene.

Esta doble potencia nos inicia en la Verdadera agnósis y transforma nuestra naturaleza.

Así, el fuego simboliza y encubre el amor, en el mismo modo la serpiente simboliza a la sabiduría y es su portadora.

Ciertamente el fuego no ama y la serpiente por si misma no puede irradiar la Sabiduría Divina, pero el amor y la sabiduría habitan en ellos como en templos, y esta realidad llevada al extremo pudo producir la desviación del totemismo y de la idolatría.

Los simbolismos del plano inferior son equivoco, tiene doble sentido, el fuego representa el amor y el odio, la serpiente sugiere indiferentemente al Cristo y al diablo, pero en su capa profundamente superior la oposición es superada, el mal es únicamente existente y no ontológico.

Estas observaciones sobre el simbolismo nos permitirán hablar ahora del “Simbolismo del Templo Cristiano”.

Veremos tres axiomas:

1)    Triada inseparable:   templo- hombre- cosmos

2)    El doble carácter  :     Divino-humano del templo

3)   El templo cristiano es “El cielo sobre la tierra y la anticipación del mundo                                                        transfigurado”

1)Triada inseparable: Templo-hombre-cosmos

La tradición primordial y universal nos indica una correlación, la del cosmos, del hombre y del templo. Estas tres realidades no son más que las caras de una sola idea.

Si el cosmos y el cuerpo humano son templos divinos, el cosmos y el templo están construidos según el cuerpo humano. El templo es un cosmos simbólico y el cuerpo humano un micro-cosmos.

Todas las tradiciones antiguas no comprendieron esta inseparabilidad de los tres.

Grecia conoce la intima relación del cosmos y del hombre, es ella la que nos da los términos del macro y micro-cosmos.

La tradición hebraica completa la visión griega y San Pablo lo pone en el centro de su enseñanza. El pueblo de Israel y el Apóstol no hablan de micro-cosmos ni de macro-cosmos, ni de la correlación subordinada del hombre con el universo organizado, sino que invierten los valores: es el cosmos que es imagen del cuerpo humano.

Adán, es el prototipo del mundo. Y el cuerpo del Cristo, es la forma perfecta, el canon de la belleza de la naturaleza transfigurada. Se podría definir por el “hombre individuo” y la totalidad de la creación.

Los profetas, en particular Ezequiel nos comunica que el mundo es una imagen del templo celeste. No es más el templo que refleja el cosmos, sino la creación concebida a imagen del templo de Dios.

Debemos mirar al cosmos como un antropos y un templo divino y al cuerpo humano como un macro-cosmos y templo del espíritu.

El templo mismo, finalmente, debe contener simbólicamente, el cuerpo perfecto del hombre y el ritmo cósmico.

El hombre moderno ya no sabe discernir mas con toda la potencia simbólica el templo en el cosmos y en el hombre, y, por otro lado el hombre y el cosmos en el santuario.

El templo cristiano es: plenitud, coronamiento y recapitulación de las tradiciones antiguas. Debe expresar en su arquitectura, en su decoración y su amoblamiento las tres partes de esta triada, en su igualdad, templo, hombre y cosmos.

 ESP.SANTO

2) El doble carácter divino y humano del templo.

 

La característica del templo cristiano responde a dos exigencias: dar morada a Dios y dar los marcos necesarios a la asamblea de los fieles.

Esta doble condición realiza el doble mandamiento, el amor de Dios y el amor del prójimo.

En las diferentes lenguas el templo cristiano es definido por dos términos: el primero indica que es la “Casa de Dios”, y el segundo que es la sala de reunión de los fieles alrededor del Cristo.

Kirikia (casa del Señor) y Bisserica (Basílica- palacio real) pertenecen a la primera categoría, Casa de Dios.

Ecclesia ( Iglesia, asamblea, reunión) y Sobor (Concilio) pertenecen a la segunda categoría.

Estos dos series de términos, cada uno incompleto, en si testimonian que desde bajo el punto de vista de la tradición católica, el templo cristiano es simultáneamente el palacio del Invisible y el lugar de reunión de los creyentes.

En el Antiguo Testamento no era así. El tabernáculo de Moisés, los templos de Salomón o de la visión de Ezequiel, estaban reservados exclusivamente a la manifestación de la Gloria Divina y al reposo de su Nombre.

Las asambleas solemnes de Israel tenían lugar generalmente en la puerta de Jerusalén. Las comidas de Pascua no se tomaban en la Iglesia, como la Eucaristía, sino en reuniones familiares o en lugares elegidos o apropiados.

Lo mismo sucede con los templos paganos, construidos en vista de dar alojamiento o morada a los ídolos de las divinidades, a las cuales el pueblo visitaba y llevaba sus ofrendas.

La Iglesia de la Nueva Alianza funde en un solo bloque los dos principios, mezclando, como dice San Cipriano:

“El vino divino con el agua de la humanidad”

Esta forma cristiana de la construcción del templo trae una serie de nuevas  exigencias. El antiguo simbolismo no es suprimido, es enriquecido. El equilibrio entre los dos destinos “divino” y “humano” se vuelve la preocupación principal del constructor.

De la misma forma que el primer mandamiento precede al segundo, la idea de la “Casa de Dios” debe venir antes que la “Casa-Iglesia).

La “Casa-Iglesia” ya no es el lugar donde los fieles van como peregrinos, visitantes u orantes, sino su propia casa.

Hay dos herejías que se deben evitar: descuidar el aspecto eclesial, contentándose con construir el tabernáculo de la Presencia Divina, o no preocuparse más que de la sala de reuniones de los fieles. Esta tendencia apareció en los protestantes y entre los constructores de iglesias modernas del mundo católico romano.

Subyugados por los problemas sociales, la iglesia-sociedad, la iglesia y las masas, han buscado concebir la arquitectura y la decoración despojadas, no tanto para acoger al Invisible, sino, para agrupar a los creyentes alrededor de la mesa de comunión o de la palabra del predicador.

La Presencia Divina no se expande más en la totalidad del templo, no invade más su arquitectura, sus líneas, sus formas, sus colores, sus perfumes y sus luces como la verdadera casa del Señor, es delicadamente limitada a la ostia consagrada o a la Palabra del Evangelio.

La Presencia Divina prende democráticamente sin fulminarlos, se vuelve el “punto de atracción” de la reunión. Por eso el templo lugar de Dios y lugar de reunión requiere precisiones.

Cuando anunciamos la Presencia de Dios en su templo, es necesario dejar de lado una nueva herejía: dar morada al Rey de reyes y al Señor de señores olvidando a su corte celestial. Dios reposa con sus santos y sus ángeles.

El templo debe ofrecerse a la plenitud espiritual que se representa simbólicamente. Inclusive el tabernáculo despojado de Moisés estaba custodiado por los Querubines de seis alas.

Simbólicamente la Ecclesia (casa iglesia) no puede limitarse únicamente a la reunión de los fieles, representando a la humanidad. El mundo visible e invisible, la naturaleza, los cuatro elementos, el cielo y la tierra, todo está invitado a encontrarse ahí.

De esto viene la necesidad de escribir iconos, frescos, santos, ángeles, representar al sol y la luna, de indicar la presencia de los vivos y de los muertos. Es tan indispensable como los asientos, la visibilidad de las ceremonias o de una buena acústica.

Esta reunión plenaria, cósmica, humana debe ser coordinada jerárquicamente siguiendo  las prescripciones tradicionales y canónicas y no una mezcla hecha aleatoriamente.

Sobre este punto reina una gran confusión en los espíritus modernos, habiendo perdido la visión simbólica del mundo, su arte sagrado es victima del racionalismo, del estetismo, del utilitarismo, etc.

El templo cristiano es “El cielo sobre la tierra, la     anticipación del mundo transfigurado”

 

Hemos visto que la iglesia se construye a imagen del hombre y el cosmos, simbolizándolos, que ella es el lugar de encuentro de Dios con su creación, y, finalmente, que es la sala de reunión de los fieles.

Los Padres dicen que la Iglesia es el “cielo sobre la tierra”, la materia espiritualizada, la anticipación del mundo transfigurado, la preexistencia de los “cielos nuevos y de la tierra nueva”.

De este principio se desprendería su arte, totalmente original, distinto de los otros, el arte que espiritualiza, sublime, que transforma al hombre y a la naturaleza.

El templo, así como el rito sagrado que se desarrollan en su recinto, son la deificación de la creatura. El templo no es un impulso del mundo caído hacia un Dios lejano: es el lugar mismo donde Dios, el Cielo y las alturas, descendieron sobre nuestra tierra de dolor para ponerla en alborozo y darle la vida desbordante y divina.

El Sacramento de la Dedicación, según el rito romano expresa este pensamiento con una exactitud ortodoxa. Por el contrario las catorce estaciones de la cruz sobre los muros de la Iglesia, herencia del período barroco y que casi expulsa a las doce cruces, símbolo de las doce puertas de Jerusalén celeste, los doce signos del zodíaco santificados por los doce apóstoles, las doce piedras preciosas del apocalipsis del mundo renovado.

Una vez franqueado el pórtico del templo entramos en la resurrección.

Las líneas y las formas geométricas, como así las relaciones, sea siguiendo el número de oro u otros números de simetría juegan el primer rol en el simbolismo de la construcción del templo. Expresan los planos y las predestinaciones divinas.

La Presencia de Dios penetrando a toda creatura será figurada por un semi-círculo reposando sobre el cuadrado o una cúpula puesta sobre el cubo, esta es la forma tipo de la cual salieron variaciones múltiples.

El semi-círculo soldado al cuadrado y la semi-esfera posada sobre un cubo terminan mentalmente en el interior del cuadrado o del cubo, la esfera o el círculo completo. Son el Cielo descendido sobre la tierra, la Presencia real e invisible de la Divinidad en la creación.

La relación entre las curvas y las líneas rectas, su balanceo equitativo, nos introducen en el seno de una teología geométrica actuante sobre nuestra naturaleza. Veamos dos ejemplos:

a)     Las cúpulas elípticas, alargadas, puestas una sobre las otras en forma piramidal, de los templos hindúes marcan la elevación y el progreso del espíritu hacia lo Divino, pero su expresión lineal ignora la potencia de la Encarnación Divina, la penetración de la materia por su virtud. Las líneas rectas de base de los templos hindúes no sirven más que de punto de partida a la elevación espiritual.

b)    Las líneas góticas impulsadas hacia el cielo, contienen una plegaria que sube como una flecha, un impulso ascético de la ciudad cristiana hacia el Trono del Altísimo, se alejan de la visión de los cielos descendidos sobre la tierra, de la deificación de la materia.

Por el contrario el arte románico por sus relaciones de líneas y formas, preserva más fielmente la Presencia Divina entre nosotros, la nave se prolonga progresivamente, es el peregrinaje hacia el altar, la Tierra Santa, el Paraíso.

Hemos visto que el templo es a imagen del hombre, este axioma asienta el plano de la iglesia sobre tres partes:

El Santísimo o el Abside———La cabeza

La nave o el centro de la iglesia———El corazón y el pecho

El Nartex o fondo de la Iglesia————El vientre y los pies

Las iglesias en forma de cruz acostada subrayan por sus dos ramas las manos del hombre. Los ritos sagrados se desarrollan entonces sobre el cuerpo simbólico del hombre.

La purificación, el bautismo, la confesión, se ejecutan en la parte inferior, las pilas de agua bendita son los vestigios de las fuentes de purificación que estaban a menudo construidas en el jardín que precedía a la iglesia, que se hallan aún en Oriente y en Roma.

El Misterio de la Palabra y de la Eucaristía se despliega en las otras dos partes, su ritmo es la circulación litúrgica entre el Santísimo o la inteligencia y la nave o el corazón.

Vemos que el celebrante deja a veces el santuario para circular entre los fieles, porqué una liturgia celebrada tras del banco de comunión, lleva a  la separación del corazón y de la inteligencia. Ya que si la “ofrenda” es presentada en el santuario-cabeza, la simiente transformadora de la Palabra Sagrada es arrojada a la nave-corazón y pecho.

El templo símbolo del cuerpo humano, tiene una particularidad: no es la arquitectura que lo expresa sino su plano. La iglesia está construida sobre el hombre acostado, el cuerpo del hombre es el fundamento de la construcción.

Este plano, nos hace ver dos misterios que forman nada más que uno. El cuerpo humano acostado, es el cuerpo del más bello de los hijos de hombre, el cuerpo perfecto del Cristo, la base de la iglesia, pero este cuerpo humano extendido tiene también un sentido escatológico.

Es la humanidad redimida y es por ella que se prepara la transfiguración de los Cielos y de la Tierra, la resurrección universal.

El cuerpo acostado del plano de la iglesia es el de un muerto, (sabemos que la liturgia es celebrada sobre las reliquias de los mártires) que debe levantarse en el día del Señor y de ahí viene el celebre simbolismo de la renovación del universo, la visión de la línea horizontal que se levanta verticalmente y se pone en movimiento todo lo estático del universo.

Como canta el salmista, las montañas saltaron como carneros, los árboles danzaran golpeando sus manos, mientras que la agitación psíquica de un alma perturbada encontrara la serenidad y la paz de una piedra preciosa, la paz dejada por Cristo a los doce apóstoles.

El misterio de la conversión, de la inversión del mundo, el último que se vuelve primero y el primero que se vuelve último, lo alto que desciende y lo bajo que se eleva, lo visible que se une a lo invisible y lo invisible que aparece, la materia que se espiritualiza, el espíritu que se vuelve palpable, todas estas conversiones están inscriptas en el plano de la iglesia.

La cadencia de los servicios divinos del año litúrgico, teniendo en el centro al Cristo, está íntimamente ligado al destino de la humanidad, pero también al ritmo cósmico y celeste.

El estilo de los iconos y de los objetos sagrados no pueden, por consecuencia ser espiritualistas, realistas, racional o estético, sino, conforme al arte iconográfico tradicional.

No olvidemos que el templo construido sin tener en cuenta los principios de la tradición real, deformando el sentido simbólico en el menor detalle, disgrega el alma en lugar de edificarla.

La ignorancia del arte simbólico sagrado es un sacrilegio y sus consecuencias incalculablemente desastrosas.

Monseñor Jean de Saint Denis

Presencia Ortodoxa Nº 8

 

 

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